Julio Martínez
La comprensión en la cabeza del dominado, de que existe un dominador.
La comprensión en la cabeza del poderoso, de que existe uno a quien someter.
En general, al hablar de poder nos referimos a los grupos políticos, militares y económicos. El Salvador, es un país evidenciado ahora en un dimensionamiento mundial impensable por los salvadoreños, ocultable por los políticos y temible para los extranjeros: Número uno en cuanto a asesinatos por cada cien mil habitantes (63 muertos anuales de forma violenta por cada cien mil, de acuerdo al reporte de Naciones Unidas, Carga Global de Violencia publicado en Ginebra en 2011).
En este nuestro país, los poderes establecidos sociológicamente sobrepasan las categorías normales, ya no son solo los aceptados Político, Militar y Económico. Acá existe el poder de la delincuencia, que tiene diversas caras, la más estigmatizada es de la mara, pero no es la única. A esta cara debe sumarse la del narcotraficante, la del ladrón común, la del crimen organizado y la del político corrupto.
La delincuencia se ha integrado como un elemento cultural que en sus inicios no nos abordaba a todos. Era más subcultural, perteneciente a grupos focalizados.
Los crímenes que suceden, adquieren cada vez una connotación mayor, ya no es solo el despojo de una cosa para cambiar de propiedad de forma impune, no abarca solo el ámbito de las cosas, hoy, la violencia ha llegado a la esfera del ser. Atacar al otro para demostrar que puedo, para hacer saber que tengo poder.
La potencia –el ejercicio del poder- de un ser sobre otro, puede encontrar variadas razones, entre ellas la molestia con la sociedad, el sentirse mal porque otros gozan de recursos que el violento no posee y a los cuales siente que tiene derecho.
Otra razón puede ser la demostración de la potencia como forma de establecer la imagen de la falta de piedad y la supremacía de ser injuzgable, y crear terror, para generar sumisión de la sociedad. Un peligro al que cada vez, estamos más cerca.
¿De qué otro modo se puede entender que se resuelvan las diferencias de pertenencia a un grupo contrario, a través del asesinato?, ¿Cómo puede explicarse que deba matarse a otra persona porque no desea integrarse a una pandilla?, ¿Cómo racionalizar que secuestren a una persona, le despojen de todo hasta de su voluntad y luego, le asesinen de la manera más cruel posible?, ¿Cómo justificar que después de muerta una persona sea desmembrada y sus partes, expuestas a la población como en la más horrorosa de las películas de terror?
La violencia es el ejercicio de un castigo (Foucault, 1976: 164), es la descarga del poder para demostrar que se puede castigar con fuerza y demostrar que un hechor en contra de la sociedad se acredita un hecho en su propia contra.
Así, un acto de despojo, de robo a otro, tendrá su castigo en relación directa y proporcional al robo. Un

asesinato, por igual, en algunas sociedades desarrolladas como los Estados Unidos, podría tener una pena máxima de ejecución. Curiosamente, en El Salvador, a diferencia de allá, no existe la pena de muerte.
Los delincuentes hoy, ejercen esa violencia en contra de las personas a las que someten a su poder, como una manera extrema de demostrar que se cuenta con el poder suficiente para matar a otro, de tal forma que se logre generar terror en los observantes, que además, no importa que no haya acción que genere esa reacción, que lo más importante es la demostración del poder a través de la violencia como su símbolo.
La consciencia colectiva de los salvadoreños han ido asumiendo que el nuestra sociedad tiene una dualidad de poder, los que dicen que lo ejercen y los que lo ejercen de manera pragmática.
Los que dicen tener el poder no han sido capaces, hasta hoy, de someter a los que ejercen este poder por la vía violenta en contra de la sociedad.
Hace algunos años, la población en general, sentía temor de que, a partir de ser joven, usar jeans, usar botas de campo, y tener barba, fuera perseguido político, secuestrado y desaparecido, en el peor de los casos. Previa tortura e incluso aparecimiento del cadáver en público con las señales de la flagelación a efectos de crear en la población cercana al grupo social del victimado, un terror máximo.
Un terror que se transformaba en temblor y pálpitos cada vez que un soldado, policía de hacienda, nacional o guardia nacional se acercaba a una persona.
Hoy, la creación del terror ha tenido sus efectos, un hecho delictivo corriente como el robo, es seguido del asalto, del secuestro, del daño personal y del asesinato. Aterroriza.
Los grupos delincuenciales nos demuestran que tienen control de la situación, que son impunes, que tienen habilidad para demostrar su poder y que cuentan con espacios geográficos donde el mandato es ejercido por
ellos mismos.
Hoy, son capaces de imponer tributación o renta a pequeños negocios familiares en una comunidad, a dueños de autobuses, a restaurantes, y a quien les parezca un buen objetivo para obtener dinero. Una llamada de teléfono de ellos hacia sus víctimas es suficiente para generar angustias, temblores, penas y terror. Los delincuentes han logrado establecer la supremacía de su poder a través del hecho violento. Tienen control, tienen poder.


Cristina Perez
3 dic 2011 | 07:35 PM
te dejaria esta frase que capaz que va con lo que sucede en El Salvador ¨ ya no me horroriza la maldad de los malos sino la indiferencia de los buenos ´o ´ es que los malos saben hacer el mal y los buenos no saben hacer el bien¨
Es muy dificil supongo, cambiar esta realidad pero si la gente no se une es mas dificil aun
Un saludo
Cristina