Julio Martínez*

Un año exacto hace que se aprobó la Ley Especial Integral para una Vida Libre de Violencia contra la Mujer en El Salvador, cuyo objetivo principal es el  de “…establecer, reconocer y garantizar el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia, por medio de Políticas Públicas orientadas a la detección, prevención, atención, protección, reparación y sanción de la violencia contra las mujeres; a fin de proteger su derecho a la vida, la integridad física y moral, la libertad, la no discriminación, la dignidad, la tutela efectiva, la seguridad personal, la igualdad real y la equidad”. Ese ha sido, considerando las estadísticas nacionales acerca de la violencia, un gran aporte, ineludible y necesario.

Sin embargo, de acuerdo a la Policía Nacional Civil, este año, 502 mujeres han sido asesinadas hasta inicios del mes de noviembre de 2011, habiéndose incrementado el número de mujeres asesinadas en un 11% en relación con el año 2010.

Más de mil mujeres –entre niñas y adolescentes- han sido violadas, y la estadística es sobre la base de denuncias, es decir, no se considera los hechos de violación que no son denunciados, que permanecen escondidos y que probablemente se mantienen en estado latente.

Esta es la cara visible de la violencia contra la mujer. Las otras formas de violencia tipificadas en la ley deben sumar estadísticas mayores números: Mujeres violentadas en sus derechos económicos; mujeres que reciben tratos humillantes de sus  contratantes, parejas u otros; mujeres que son discriminadas en sus aspiraciones laborales, académicas, económicas o políticas.

Este nuestro país, querido país, ha sido clasificado, de acuerdo al informe Carga Global de Violencia, de Naciones Unidas y presentado en Ginebra como el país más violento del mundo, con un número de 63 asesinatos anuales por cada 100,000 habitantes entre el 2004 y el 2009.

Si nuestra valoración acerca de la violencia en el país es cierta, y ésta se ha incrementado, entonces el país está más altamente posicionado y consolidado en ese deshonroso primer lugar, encima de Irak y México, países que respectivamente tienen una estadística de 60 y 18,4 asesinatos  por 100,000 habitantes, y en esa misma lógica debemos suponer que la violencia contra las mujeres es en igual sentido, creciente.

En el mundo, 66,000 mujeres han sido asesinadas cada año, lo que representa un 17% de los asesinatos; los países más violentos aportan mayor número de mujeres asesinadas, desde luego. No es posible olvidar que la mayor parte de los femicidios en el mundo ocurren en la esfera doméstica, y que en el caso de El Salvador, en una sociedad con tanta violencia y delincuencia, los riesgos son aún mayores; en concreto en el caso de El Salvador, la tasa de femicidios es de 12

por cada 100,000 habitantes.  Nos hemos convertido de forma acelerada y sostenida en el país con la más alta tasa de femicidios en el mundo, encima de Jamaica, Guatemala y Rusia.

La violencia de nuestra sociedad tiene una clara relación con nuestra historia, con nuestro pasado, con nuestros conflictos y con la forma de solucionar estos conflictos. No hemos resuelto nuestros problemas y nuestras diferencias, y si bien, antes nos sentíamos con el derecho de usar un arma en la búsqueda de imponer pensamientos, ideas, modelos y sistemas; hoy muchos hombres se sienten con el “derecho” de golpear a una mujer. Un derecho asistido por una formación familiar, por un aprendizaje social y porque, finalmente, la ley y las entidades involucradas tienen pocos dientes para tratar la prevención de la violencia y privilegian la actuación cuando el acto violento ha sido ejecutado.

Esta es una condición de un país cuyos límites de “aceptabilidad” de los actos violentos han sido sobrepasados con creces, y debe dedicarse a apagar las llamas, antes que a educarse en las medidas que no provoquen los incendios.

 

Los datos arriba, nos llevan a conmemorar este día con mucha tristeza, antes que a celebrar, como debiéramos, la no violencia contra las mujeres.

 

*Trabajador Social, Maestro en Educación, Post Grado en Antropología Socio Cultural