Por julio Martínez
- Muchas gracias Padre Flavio, es usted muy amable, reciba bendiciones
- De nada Sor Migdalia, ese es mi deber, igual reciba usted las bendiciones de nuestro señor
Sus miradas se quedaron quietas un minuto, al igual que sus pensamientos, y cada uno de ellos pensativo, caminó hacia su congregación. No puede ser, no puede ser era el pensamiento en la cabeza de Flavio y Migdalia.
Los días pasaron y los almuerzos así como las miradas cruzadas fueron más frecuentes, tanto así que ya ni hacía falta preguntarse si acaso podrían verse en algún momento en común, siempre eso era posible. El trato ya no era tan distante, los tuteos aparecieron y ninguno de los dos puso obstáculo para ello. Eso, no era del todo extraño, los amigos son los amigos y el humano es el humano, un ser social.
Los sacerdotes no son semi dioses las monjas tampoco son la virgen María. Cenan, duermen, se levantan, se bañan, desayunan, caminan y siente (y hacen) necesidades fisiológicas como yo.
Un buen día Migdalia le dijo:
- Flavio, quiero pedirte un favor
- El que tú quieras
- Quiero que seas mi confesor
- Bueno… bueno… no sé, pero si me lo pides es porque lo necesitas…
- En verdad, quiero que me des consejo y te pido que me ayudes, porque hay cosas con las que yo, ya no puedo.
- Está bien Migdalia. ¿Cuándo quieres que te confiese?
- Hoy antes de la misa de cinco.
- De acuerdo, te veré en el confesionario a las 4 de la tarde, con gusto lo haré.
Flavio se quedó pensativo, puso las dos manos sobre la silla del comedor, se inclinó, bajó la mirada y pensativo, cabalgo en su mente durante unos pocos minutos, hasta que escuchó una voz grave, sonora y pausada, que a empellones lo sacó de los cabildeos con su memoria.
- Pareces preocupado, ¿cierto o no?
- Un poco padre Alfonso, usted sabe que siempre hay cosas que a uno lo mantienen vivo, una de ellas es la preocupación, imagínese usted una vida sin preocuparse
- ¿Estás hablando del paraíso Flavio? Deja de soñar y cuéntame.
- No hay mucho para compartir, solo que… bueno, quizá usted me comprenda, es que hay ocasiones en que uno… a veces las cosas, el mundo…
- Ajá Flavio, ya estoy captando, ¿Te llaman algunas cosas del mundo con cara de mujer?
- Ehhh… bueno…
- Nada, eso nos pasa a todos, si tú supieras las cosas que yo sé…
El Padre Alfonso arqueó las cejas y puso mirada de San Antonio del Monte, miró hacia el techo del comedor, como queriendo ver hacia el cielo, sus ojos se tornaron angelicales y para no dejar, se agarró de las manos como si estuviera en una oración.
La edad de Alfonso lo hacía merecedor del afecto de otros sacerdotes. Mientras Flavio llevaba adelante el proyecto de la Escuela y el comedor para desvalidos, él efectuaba las labores principales de la iglesia: ofrecer la liturgia, asistir a enfermos, efectuar consejería a matrimonios y atender a quien quisiera recibir un consejo.
Alfonso había logrado ganarse a su parroquia, por eso, cuando requirió apoyo al Obispado, de inmediato le enviaron un cura joven y comprometido con su servicio, deseoso de proyectos sociales y con mucha pasión por la iglesia.
- Ya me contará padre
- Un día nos damos una tarde libre, vamos al centro de la ciudad y nos tomamos un café para celebrar que trabajamos juntos.
- Está bien padre, como usted diga.
Flavio, con sus 28 años parecía un niño juguetón, de ojos vivos muy negros y piel morena, de hablar rápido y de actuar diligente, también había hecho un espacio entre los padres de familia y los alumnos.
Algunas monjas del convento también lo trataban con cariño y respeto, todas excepto Migdalia que había atravesado un cerco prohibido en su corazón. Prohibido a causa de una norma establecida que se imponía por sobre la naturaleza, tan ilógica como si a uno le prohibieran orinar. Nada más tonto ni peor.
A la altura de la media tarde, el reloj del comedor de la parroquia abrió sus puertas y el pajarito salió cinco veces a silbar como el “Dichoso fui”, ese reloj creo yo, había sido una buena elección para la iglesia, aunque era chinito, era más bonito que esos relojes de péndulo que dan campanadas tristes como si llamaran a entierro.
Flavio se apuró para entrar a la nave de la iglesia, pasó al centro de las bancas miró hacia el Santísimo, se inclinó y con su mano derecha se persignó siguiendo una tradición de dos mil años que corre el riesgo de empezar a ser comprendida como un elemento de la cultura y no de la sobrenaturaleza.
Se levantó y siguió hasta el confesionario, entró y espero, no tanto ni ansioso, dos minutos más tarde, escuchó una voz conocida, pero casi susurrante, por la rejilla del mueble:
- Padre...
- Dejate de cosas y decime, que te pasa
- Flavio, lo que quiero decirte es delicado
- Para eso estoy aquí, para escucharte
- Veras… me da mucha pena, pero… estoy contrita...
- Tu sabes que no debes tener vergüenza
- Bueno, mira, el asunto es que últimamente, tengo sentimiento por un hombre
- ¿De carne y hueso?, ¿Sentimientos quieres decir, cariño, afecto, amor, deseo?
- Ay Flavio…. Todo eso!
Flavio pensó en ese instante que la muchacha de labios rosados, le era inalcanzable, que no había que hacerse ilusiones, que ella tenía puestos los ojos en alguien con menos problemas para hacer una relación, que él era un sacerdote-
- Bueno, tú ya has hecho tus votos, sin embargo, siempre puedes pedir una dispensa, pero eso es una decisión muy personal, muy difícil. Primero debes valorar y pedir a Dios para que te mantenga en el camino que El te ha puesto, que es a su servicio. Pero si lo que sientes es tan fuerte, piensa tu decisión… antes, cuéntame, a ese muchacho no le importa que seas monja?
- Flavio, si yo creo que él no sabe que yo lo amo
- ¿Cómo!? Estas loca muchacha
- Flavio, ayúdame, estoy en una encrucijada, quiero y no quiero salirme, quiero y no quiero a este hombre, quiero y no quiero decirle
- ¿Por qué?
- Porque quizá el me quiera y no me quiera, quiera y no quiera estar conmigo, quiera y no quiera dejar su trabajo, esa persona eres tu Flavio, ¿que no me has entendido? Cada vez que te veo, ardo de deseos de besarte, sueño en las noches contigo y quiero abrazarte, no como hermano sino como hombre. Flavio, no sabes como he pensado y pensado en contarte esto.
- Yo… no sabía todo eso, tengo mucho afecto por ti también Migdalia, y como tú, también quiero abrazarte, no como hermana, sino como mujer. Dejemos esto, dejó de ser una confesión normal, es más bien una plática. Te veo en la cafetería de la Escuela, ahí hablamos.
Migdalia se levantó sin persignarse y Flavio se quedó sentado, como digiriendo ese instante. ¿Qué voy a hacer si quiero y no quiero? Ayúdame Dios mío.
Salió del confesionario y sintió que la sotana le quemaba, fue a quitársela y regresó a la cafetería, ahí estaba Migdalia mirándole fijamente, sintiéndose que un peso se le había quitado de encima, pero que ahora tenía uno nuevo, diferente ¿Cómo navegar por estas aguas?
- Dame un cafecito, muchacha, le dijo Flavio a la empleada de la cafetería, y se sentó frente a Migdalia que estaba tomándose un refresco frío que según ella, quitaba el calor
- ¿Entonces Flavio?
- Entonces… estás dispuesta a que te abrace y te de un beso
- Estoy dispuesta a más que eso…
El pensamiento de Flavio y su emoción voló, en ese instante se sintió más hombre que cualquiera, hubiera querido estar lejos de la iglesia y más cerca de Migdalia, hubiera querido amanecer a su lado, hubiera querido hacerla su mujer. Le dijo:
- Sabes que no es fácil para mí
- ¿Y para mí? Replicó ella.
Alfonso camino despacio hacia el campanario, en estos días de lluvia le dolían todas las coyunturas, como todos los inviernos, solo que este año un poco más.
Miró hacia arriba y se dijo “¿Quién habrá inventado esto de dar campanadas?” Con sus manos llenas de manchas y lunares, de venas saltadas y huesudas, agarró la soga y con fuerza de su cuerpo, tiró hacia abajo, las campanas sonaron gruesas, graves y fuertes.
Misa de cinco, esa le correspondía a Flavio, era una misa de jóvenes, no por decisión parroquial sino por motivación natural, muchachas y muchachos iban a esa misa porque les resultaba motivadora la pasión con la que hablaba el padre, además, hablaba mas en su lenguaje.
Las misas de Alfonso siempre estaban ligadas en su sermón hacia los valores, la moralidad, el regaño. Las del padrecito de ojos más pispiretos se orientaban hacia el esfuerzo, el futuro, la amistad, el trabajo, la sociedad.
Flavio corrió para prepararse para la liturgia, el sermón, lo espiritual y pensaba en como juntar todos esos elementos, en un momento en que cada símbolo se le hacía pesado.
Esa tarde, ofreció la misa como ido, como si estuviera en otro lugar. Cuando llegó el instante de la comunión y se preparó para el momento de la conversión, sus palabras le sonaron vacías. Entregó las hostias casi sin entender lo que hacía.
Migdalia recibió como siempre, con ansia la comunión, y pensaba que ser católica no le impedía tener un amor carnal. Ser monja sí, pero eso tenía solución. Una solución en la que Flavio no estaba dispuesto a pensar.
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