No cabe duda que a veces, la vida te da los espacios para dar vida o dar muerte. A otros nos da el chance de "memorizar" la historia. Quizá eso es muy petulante, pero bueno, ya está dicho. (Fotografía: Julio Martínez)

El asunto es que un día, hace varios años, tal vez fue en 1970, vi una casa ubicada en la esquina opuesta del Ministerio de Salud, y me parecía bonita, sobria, y hasta con la elegancia de las casas de inicios del siglo pasado. El tiempo fue pasando, la ciudad se convirtió en un atractivo para la gente del campo que tenía poca ganancia en su trabajo agrícola, que además miraba bien que sus hojas trabajaran de domésticas y sus hijos fueran albañiles y no cultivadores.
Con los años, la migración campo-ciudad sobrepasó las capacidades de absorción laboral en San Salvador y las campesinas, se fueron convirtiendo en vendedoras de la calle que se sumaron a las personas citadinas que vivían en pobreza.
Allá por la mitad de la década del 70, se le ocurrió a un alcalde, efectuar una zona peatonal en el centro de la ciudad, y ampliar el mercado central que había quedado pequeño para la gente que venía del antiguo mercadito que se ubicaba en el actual Hula Hula. Creo yo que se llamaba Mercado Mélendez, pero no estoy seguro.
Mas gente llegó desde el interior y menos espacio había en San Salvador. La guerra creó un caos urbano, y la pobreza facilitó el desorden.
Total, miles de personas buscaron ganarse sus centavos en el oficio de mujeres vendedoras en la calle. Luego, empezaron los hombres a ser vendedores informales, un oficio generalmente legado a las mujeres. Los hombres ya vendían cocos, ropa, frescos, verduras, jilindugues y así... hasta que aparecieron los cd´s piratas.
En este caso, los vendedores no son los dueños de la venta, si no una persona (hombre o mujer) que muy temprano llegaba en su carro y bajaba las cajas, hacía cuentas con un cuadernito y dejaba el "pencazal" de discos. Así fueron tomando aceras, pasajes, callecitas, calles y avenidas. Así también se tomaron la Calle Arce. Y así también fueron cubriendo dos de mis casas preferidas: la del Presidente Mélendez y la casa de esquina opuesta al MISPAS, una casa de 1917.
Siempre me fue molesto tener que bajar la acera para que los muchos vendedores de cd´s (con perdón de muy pocos de ellos, siempre me han parecido huevones, drogadictos y facilitadores de la tranza), pudieran poner a todo volumen la música y hacer que los transeúntes caminásemos cuál cuadrúpedo motorizado, como carros pué, por la calle con el grave riesgo de que un busero, un motorista temerario, o un loco nos echara el carro encima.
En esas estábamos cuando llegó el Alcalde y retomando un antiguo proyecto, buscó darle vitalidad a la Calle Arce. Eso implicaba meterse con los vendedores. Y lo hizo, logró limpiar la Arce. Al fin, pude ver de nuevo la casa que hace cuarenta años admiré. Entonces pensé: Queda bien acá el Museo Histórico de la Calle Arce, o un café-librería, por último, pensé, no le hará competencia al Pulpo, que en contra de la Ordenanza de venta de bebidas alcohólicas sigue existiendo desde hace decenas de años (Artículo 13.- Ubicación de negocios autorizados para la venta y consumo: No se permite el funcionamiento de negocios dedicados a la venta y/o el consumo de bebidas alcohólicas, ni aun los llamados cantinas o expendios de aguardiente a menos de 100 metros de centros educativos, centros salud, hospitales e iglesias de cualquier denominación.)
Ese día tomé unas fotos del balcón de la esquina donde aún estaba el rotulo del Dr. Alberto Figueroa (o algo así). Después de leer una entrevista a Fabio Castillo Figueroa junto a este amigo del que he hablado antes, Erquicia, hemos pensado ambos que quizá esa casa era -años atrás- de la familia de Fabio.
Bueno, así las cosas, hasta que, unas tres semanas después de la limpieza de la calle, del desalojo de los vendedores de cd, me dí cuenta que algo extraño estaba pasando, algo sucedía con la casa, poco a poco le iban quitando algunos detalles, todo por dentro. Primero, unas láminas, luego, unas puertas. Pasamos cerca de ahí con un amigo y le dije "mirá, a esta casa le han quitado el techo, la han dejado abandonada y pronto vendrán los ladrones para llevarse las laminas, puertas, balcones y lo que puedan llevarse que es el cascarón de la casa... y ¿sabes para qué? Para poder tener el terreno, venderlo o alquilarlo y no someterse a la ley que les obliga a darle mantenimiento por considerarse patrimonio cultural. Así, los ladrones arrasan con lo que encuentren, y los dueños podrán decirse que ellos no la botaron, sin ninguna culpa. Asi lograrán su objetivo de no darle mantenimiento y vender su terreno".
Debí ponerme turbante y sacar la bola de cristal ese día para que me creyeran. Sucedió que a los tres o cuatro días, empezaron a saquearla, y en menos de una semana han empezado a quitarle hasta el piso de "ladrillo de alfombre". ¿Y qué? No hubo nadie capaz de detenerles.
Hoy tarde pasé por ahí, y la casa ya no está. Hay un terreno del que han desalojado hasta la última entraña de la casa, del que se han llevado todo lo que han podido. ¿Puede sentirse dolor por una casa que no es de uno? Yo sí lo he sentido, da una sensación de impotencia, de no saber que hacer, de desprotección. Dan ganas de llorar.
¿Seguirá la Casa de los Meléndez? Espero que no. Hay casas que dejan de ser privadas, y se convierten en parte de la cara de una ciudad, en legado arquitectónico o histórico, o ambos. Ojala que no siga esa otra casa.
Fotografías:

Foto: Julio Martínez

Foto: Julio Martínez
Foto: Francisco Campos, en http://www.lapagina.com.sv
Foto: Francisco Campos, en http://www.lapagina.com.sv
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