Un texto de Rafael Lara Martínez del New Mexico Institue of Mining and Technology (soter@nmt.edu)

Desde Comala siempre...

Al regresar al país en julio de 1955, el ex-presidentes Maximiliano Hernández Martínez provocó un vasto desconcierto.  La opinión se dividió entre quienes acogían con agrado su retorno y quienes protestaban su llegada inesperada.  Entre los primeros se encontraban miembros de la oficialidad, así como grupos populares de simpatizantes que lo recibieron con halagos y banderolas.  El mismo Estado Mayor —dirigido por el Presidente Osorio— lo acompañó a despedirlo al aeropuerto con destino a Miami, unos días después de su arribo.

Si el presente juzga su gobierno con extremo rigor, a once años de su caída y exilio en 1944, la memoria histórica lo evaluaba según parámetros olvidados.  Reinaban juicios que olvidamos adrede para adaptar el pasado a intereses políticos de la actualidad.

La protesta por la presencia del general Martínez la dirigían los estudiantes de la Universidad Nacional.  Esta protesta —si bien no era nueva— no reconocía sus raíces más allá de 1944, aun si refería los trece años de su mandato.  La larga dimensión de la protesta no se arraigaba en una oposición sistemática y continúa contra el martinato.  En cambio, luego de 1932, el apoyo de casi todos los segmentos artísticos e intelectuales al general sólo decayó al final de su carrera.

Luego de lanzar un proyecto de nación, una “política de la cultura” —que promovía el indigenismo en pintura y en literatura (1933)— su reelección en 1935 y 1939 se hallaba asegurada.  El auxilio de artistas teósofos, masferrerianos y sandinistas creó un legado nacional insuperable que hasta la actualidad del cambio reclama como propio, en museos de prestigio y en la currícula educativa.  Por más que las reseñas tardías de Farabundo Martí lo colocarían al lado de César Augusto Sandino, el padre del nicaragüense y sus seguidores reconocían en el general Martínez uno de los artífices de la paz en Centro América y proponente anti-imperialista, desde 1927.

Como prueba adicional, baste mencionar el evento más relevante para el arte del istmo de la década de los treinta —la Primera Exposición Centro Americana de Artes Plástica, en San José, Costa Rica, el 12 de octubre de 1935— el cual recibió el financiamiento del general Martínez y el envío de Salarrué como Delegado Oficial con la colección más completa de arte indigenista salvadoreño.  Como mecenas del arte indigenista, la “política de la cultura” del martinato se convirtió en modelo para todo el istmo.  De nuevo, este legado aún lo celebra la actualidad, incluso el ala más radical.

Quizás por esta conciencia aún vívida, nadie enjuició al general por hechos que precedieran a su destitución en 1944.  Sus credenciales anteriores a esa fecha se percibían impecables.  Nadie ni siquiera los poetas comprometidos de la generación del 44, ni la naciente generación artística, la comprometida por excelencia, le reprochaban su actuación durante los trece años de gobierno.  Lo que el presente juzgaría pecado original —matanza, etnocidio, etc.— durante esa breve estancia del general en el país, nadie lo mencionó ni lo hizo responsable de tales hechos.

La demanda formal la recibió la Mesa Directiva de la Asamblea Legislativa el 13 de julio de 1955, la cual expresaba un neta conciencia jurídica.  El craso crimen del general lo constituían “el fusilamiento” de sus opositores en 1944.  Esta petición legal la redoblaba la protesta estudiantil por medio de varios actos cívicos de protesta.  Hubo una “manifestación pública”, una concentración popular en el recinto universitario; se izó una bandera negra “a media asta” en el “portón principal de la Universidad Nacional” tal cual lo organizaba la Asociación General de Estudiantes (AGEUS), y se editó un “número extraordinario de Opinión Estudiantil […] dedicado en su totalidad al ex-presidente [con] fotografías de los fallecidos en los sucesos del 44”.  Existía una obligación moral por repetir “el gesto viril de los héroes de Abril y Mayo del año memorable de 1944” y recordar, en ritual cívico, “la famosa huelga de brazos caídos” (nótese el carácter masculinizante de lo político).