La Carmen me contó un día -en esos sus días que le gustaba hablar conmigo, la verdad es que dedicaba tiempo para echar su platicadita conmigo, casi siempre- pues un día me contó que cuando ella estaba chiquita jugaba con chintas de palo.... ¿que es eso de chintas de palo? le preguinté, y me explicó que eran muñecas hechas de trozos de madera, o de mazorcas de maíz, a las que se les ponía ropa y cara para que pareciera una muñeca.

No dejo de asombrarme como eran los papas de la Carmen, que dentro de su pobreza buscaban como darle un juguete para que se entretuviera.

Cuando la Carmen creció y tuvo sus hijos, le gustaba zamparse una su cerveza de vez en cuando, vestirse bonito y gozar de la vida con su marido, el chele chiquitío.

También le gustaba el mar, lo disfrutaba, se bañaba y se mostraba a los demas con tamaño cuero, que era el orgullo de su marido y la envidia de las otras viejas, ya que le reconocían a ella su valor de mujer, venida del monte, de la pobreza mas vil que puede existir en un país con fuertes inequidades.

Le gustaban las langostas con mayonesa, los camarones cocidos en vino, y era capaz de cocinar cualquier cosa que mirase en un restaurante... esto lleva tal y cual, esto y aquello, y lo hicieron así y asa. Y de repente un día sorprendía a sus hijos y a su marido con el plato en cuestión. Como la Carmen no podía leer, entonces guardaba sus recetas en su cabeza. Ya me imagino si hubiera aprendido a leer bien... sorprendente.

A ella la sorprendió un día del año 74, un derrame facial, del que se recupero a los pocos días, luego, vino un ataque al corazón, del que logró salir adelante, luego su artritis, después su diabetes, en fin... nada de eso le impedía "echar verga" como nadie y ganarse su dinero como pocas.

Le gustaba también la música, era bailarina de cumbia, para eso, nadie como ella, no sé donde diablos aprendió a bailar así, pero se miraba bonito cuando ella tomaba pista y todo mundo se detenía para verla bailar con su meneo de manos y su giro espiralado de medio lado, un pie atras otro delante al ritmo de la cumbia sampuesana o cualquier otra de moda.

Le gustaba escuchar a Javier Solís, a Pedro Infante, José Alfredo Jímenez y a Jorge Negrete... más después a Vicente Fernandez.

Recuerdo el día que la Carmen sufrió su segundo infarto, la metieron al hospital Salvadoreño, buscando detener a la parca que se había empeñado en llevarse a esa mujer tan cachimbona. La fuimos a ver con su marido, y estuvimos hasta las doce con ella, hora en que iban a darle su almuerzo, y su marido le dijo que regresaríamos como a las dos de la tarde de ese día sábado.

Cuando llegamos a mi casa, el telefono sonó, yo contesté y me identifiqué, y la voz del otro lado, impersonal, me dijo "debo decirle que su mamá acaba de fallecer", eso fué un 25 de julio de 1987. Hace 23 años, y la verdad, parece que fué ayer.