Hace algún tiempo un diciembre de un año, la vida me llevó hasta donde la lupita, a quien conocí dando vueltas por Guanajuato, con quien chupamos tequila, con quien jugamos billar, con quien caminamos por las calles de esa hermosa ciudad tan llena de historia, con quien nos reímos y gozamos de las peripecias de la historia, quien me condujo por un cerro para tener el placer de comer en la altura y ver con gusto como la noche iba cubriendo con ese manto de oscuridad con destellos de estrellas a la ciudad. Previamente nos habíamos dado gusto con la lupita por algunos lugares de este colonial encanto.

Un día bailando, un día chupando, un día jodiendo, un día caminando, un día hablando de los hijos. Después la lupita me contó sobre su orfandad, hoy yo le conté de la mía. Pienso que la lupita es de esas personas inolvidables por su extrema calidad humana, por su sensibilidad a morir, por su gusto de reírse a mandíbula batiente, casi, casi como yo.

Hoy, la lupita me envió un texto recién escrito para la maestra Marcela Lagarde, a quien adivino como suave mentora, la encuentro crecida:

Querida Maestra Lagarde:

Es impactante la forma en que pasa el tiempo… hace exactamente 20 años que tuve el privilegio de conocerte en el marco de los cursos que organizaba SEDEPAC a través de Gloria Tello, quien me presentó contigo de una forma peculiar: “Ella es Lupita y se está estrenando como madre, su cuarentena la está pasando dentro del curso”.

De inmediato respondiste: “Estás a tiempo de ser diferente a tu madre, recuerda, madre no quiero ser como tú”. ¡Me cayó un balde de agua fría! abrí los ojos y la primera reacción la tuve en mis senos, la leche brotaba sin parar, acto que se repitió durante todo el curso, por las sacudidas que me daban tus comentarios. Nunca olvidaré la crítica y la preocupación de mi familia por verme amamantando a mi hija y revisando las lecturas que nos dejabas. Me quedaron grabados los libros Mujer, Locura y Sociedad de Franca Basaglia y Mujer, Historia y Sociedad de Alexandra Kollontai.

A partir de ese momento te seguí e inspirada por los talleres de antropología de la mujer tuve la suerte de convocar al taller “Formación para Mujeres de Organizaciones Populares y de Asociaciones Civiles”, cuyo tema era una metodología para el trabajo con mujeres, la asociación civil que convocaba y en la cual participaba se llamaba ENLACE.

En esos talleres se invitó por primera vez a compañeros que tenían la curiosidad de saber qué pasaba en esos cursos, en los cuales por cierto sólo tres de los ocho hombres que iniciaron tuvieron la valentía de continuar. Ellos querían apropiarse del espacio con comentarios desde la mirada de los hombres y los empujaste para que se reunieran con el Dr. Daniel Cazés, quien iniciaba un grupo de trabajo sobre masculinidad; les decías: “A ustedes les corresponde construir su espacio, no pretendan que también nosotras les organicemos el suyo, hemos roto con varias cosas para tener el nuestro”.

Sí, los cursos Casandra marcaron mi vida. Viene a mi mente una hermosa experiencia que fue convocada por varios organismos civiles (SEDEPAC, ENLACE, MUJERES PARA EL DIÁLOGO, CAM, entre otros) y un equipo coordinador de mujeres feministas. Era mi primera experiencia en este ámbito y en colectivo teníamos que desarrollar la propuesta y el programa con el tema “Identidad y liderazgo”.

Al hablar al grupo de más de 40 mujeres de organizaciones sociales reunidas en Morelos sobre la triple jornada vibraron nuestros corazones, parafraseándote, la idea era más o menos así: “Llegamos tarde al grito de Independencia porque teníamos que cuidar a los hijos y dejar la comida al marido, no fui a la escuela pero con los dedos cuento para ayudar a mis hijos a hacer la tarea, en los discursos públicos las mujeres gritamos porque así hemos aprendido, por medio de los gritos; o el otro extremo de no participar en los discursos por temor, que mejor los hombres sigan hablando por nosotras y continuar siendo productoras en la casa y la organización”.

Sin embargo, el curso que me ayudó a romper mi cautiverio fue “Metodología para elaborar una tesis”; nuevamente tus palabras me sacudieron, hablaste de cómo las mujeres justificamos el no escribir a través de nuestros miedos: “No puedo escribir porque se rompió la punta de mi lápiz, que la computadora no la uso porque se fue la luz… cuántas de ustedes han pasado por estar frente a la computadora o a su cuaderno y tener la mente en blanco.

Lo más fácil para las mujeres era darnos por vencidas y dar la vuelta”. Terminé el curso y gané un libro que rifaste como despedida, salí emocionada. Te confieso que el miedo me ganó y me di la vuelta.

Pasaron seis años después de la huída, te encontré en el ‘94 junto al Dr. Cazés, en un edificio de Reforma. Un encuentro rápido en el elevador de las instalaciones de Alianza Cívica, tenía seis meses de embarazo, era asistente de la coordinadora general y de nuevo tus palabras: “¿Qué haces aquí, te titulaste? cuídate no dejes de ser tú”.

De mi vientre nació mi segunda hija y tres años después de su nacimiento, con muchísimo dolor, inicié un camino desgastante por la necesidad que me llevaba a romper con la violencia psicológica y física que vivía en mi matrimonio.

Al consumarse la separación, limpié el que sería mi nuevo espacio de soltera, encontré el libro que rifaste en la clausura del curso de tesis junto con varias fotografías, así como tu libro “Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, locas y presas”. Tus palabras bombardearon mi mente y decidí que no las quería como lindos recuerdos.

Marcela: Por la sororidad de mis amigas sigo viva ante lo violento que fue mi divorcio, gozando ser madre de dos grandes mujeres Amaranta de 20 años e Itzamara de 15, logré que el lápiz siempre tuviera punta y que la computadora no se apagara, lo que me permitió titularme.

Ahora no sólo diseño talleres, también los imparto, no milito en ningún partido pero estoy trabajando para el gobierno en el estado de Michoacán, capacitando a los gobiernos municipales, enfrentando dignamente ser mujer, soltera, directora y defeña. Hace dos años tome clases de manejo y ahora puedo viajar por las carreteras, te confieso que la única tarea que no he cumplido es entrar sola al cine y, de repente, me enfrasco en la dificultad del diálogo entre las mujeres que estamos en la tarea de ser gobierno.

Dejaste semillas con la firme esperanza de que la cosecha se renovara por siempre. A 20 años de las enseñanzas de los cautiverios tus palabras siguen siendo inspiración para construir libertades.

Tal vez mi nombre no lo recuerdes, antes era Lupita la de José, Lupita la de Enlace, Lupita la mamá de Amaranta, ahora soy María Guadalupe Márquez García, para las y los amigos, La Lupita.

Gracias por existir.

Con amorosa admiración, La Lupita.

Esa, esa es la lupita, la que se ganó el libro. Mi amiga, a la que un día, una noche en Guanajuato, enseñé a jugar billar, y me enseñó los secretos de su estirpe.