María del Carmen Martínez Cándido, nacida en 2 de noviembre de 1930, en el Cantón La Esperanza de Olocuilta, hija de Jesús Martínez (papa Chuz) y de Isabel Candido (la mama bela). Su infancia la creció con "chintas" de palo, y los chuchos de la casa, entre matazanos, caimitos, cafe, elotes, maicillo, mangos y tamarindos.

La Carmen no fué nunca a la escuela y no le hizo falta para no tener que intoxicarse con los saberes de los ladinos, siempre mantuvo vigente su lucha en contra de las letras, hasta que un hijo suyo le enseñó a firmar y sus primeras letras.

La Carmen era contraria a su familia, mientras el resto de sus hermanas -La Isabel, la Cruz, la Escolastica, y la Victoria- eran más bien morenas, serias y tristes, la Carmen era chelita, de buen ver, y le gustaba musicar y bailar.

Se vino de Olocuilta a los trece años a servir en una casa en San Salvador, fue dómestica en la casa de Hipolito Murillo uno que tiene negocio de ferretería y cosas electricas. Luego, en su afán de dejar de estar de dómestica en una casa, empezó a vender en el mercado, calzones, calcetines, calzoncillos, ropita para niños, en fin, babosadas, podía hacer muy bien sus cuentas.

Un día se la consiguió un hombre pequeño y moreno, un tal Ernesto, el papá de mi hermano grande Ernesto Martínez, quien luego, lueguito la abandonó.

Unos cinco años mas tarde, un hombrecito chele, taxista, billarista, malcriado, bebedor, jugador de chivos y naipes, futbolista y mujeriego la encontró, le gustó y se la trajo a su cuartito para vivir con ella.

La Carmen siguió vendiendo en la calle a pesar de su preñez, tuvo a su hijo y a las dos semanas estaba vendiendo de nuevo en la calle, con una pequeña cajita cerca del calvario, en la cajita estaba un bichito peche y sequito, flaquito, flaquito.  A este le pusieron el nombre del papá, Julio.

La Carmen dejo de vender en la calle y consiguió trabajo en el Rosales, se fuerion a vivir allá por el Venezuela en un meson muy limpio, donde alquilaban piezas a doce colones el mes.

La Carmen era trabajadora como ninguna, y cachera como ella sola.

Mientras trabajaba en el Hospital, vendía calzones para las doctoras y las enfermeras. una nueva preñez y otro bichito, el Oscar.

La Carmen siguió trabajando en el hospital. El taxista -que la amó profundamente, hasta su muerte- la iba a traer todos los días, la esperaba en la esquina de la 25 avenida y Alameda Roosevelt, en el parque Cuscatlán. Siempre iba de la mano de su hijo el flaquito, de cariño le decían "calavera", por lo flaco que era.

Ella ya había ahorrado un poco de dinero y se animó a poner una tiendita. No le fue mal, todo lo contrario, la tienda se amplió a comedor, el taxista se hizo cocinero y la Carmen era la cobradora en el Comedor. Se trajo a trabajar a todas sus hermanas, y las apoyó como pudo.

Un día, la Carmen aplicó para convertirse en la encargada de dar la comida a los trabajadores del centro Obrero Dr. Humberto Romero Alvergue, y se fue a vivir al Puerto de la Libertad, a los tres años dejo ese trabajo y regreso a San Salvador, para seguir con su negocio.

Puso a estudiar a sus cipotes, y así, el amyor Ernesto quizo ser artesano de la carpintería, porque no le gustaba el asunto de la Escuela, el otro, "Calavera" estudió en la Escuela José Rosales y la Gerardo Barrios, ahi, en la calle del mismo nombre. Después en el Ménendez y luego en el Cervantes. Hoy es cientista social, aunque no se si le queda bien el titulo. El otro hijo, el más pequeño de los tres varones es artista, profesor en artes y pintor.  A los tres cipotes, la Carmen les enseñó a trapear, a barrer, a cocinar, a lavar sus ropas, les enseñó a todo.

La Carmen murió un 25 de julio de 1987, apenas con 57 años y dejó entre sus legados, que sus hijos mantuvieran el respeto a la dignidad de todas las mujeres. Los tres, sus hijos lo sabemos muy bien. Aparte de eso, me heredó su hipertensión y su artritis...

La Carmen no era feminista, esas babosadas surgieron después. Pero era la mujer mas mujer que he conocido. Sí, yo soy el flaquito.