En 1982 conocí a Quincho, y me pareció un tipo espectacularmente absorto de la realidad, sus pies flotaban sobre el aire y sus pensamientos se salían de su cabeza permanentemente en momentos que eran menos oportunos.

Estoy seguro, absolutamente que él pensaba que yo era un tecnocrata, y a veces yo también me lo creía, hasta que un día me dijo, "nombre, cerote, no te lo tomés tan en serio", y traté de empezar a ver las cosas con menos seriedad, incluso creo que con demasiada in-seriedad.

Joaquín ya llevaba escribiendo poesía, entonces, más de diez años y muchas de sus cosas me gustaban. Nuestros viajes hacia el oriente ya sea Usulután o San Miguel estaban cargados de varias cosas, conversaciones del interior de uno mismo, cervezas varias, cigarritos, confidencialidades, y compartir escritos, poemas y gustos por tal o cual escritor, tal o cual compañera de trabajo.

La casa de Joaquín en San Esteban estaba llena de hermanos, con una madre a quien quiero mucho que de cuando en cuando voy a ver y que me dice el mismo Quincho que esta medio jodida, medio enferma. Su cuarto siempre lleno de libros, desordenados por todos lados, y con cierto olor a Meriyein, ese olor a zacate quemado, que me produce una sensación de querer olerlo. Ya no ¿verdad?, pero digo, la sensación existe.

Eramos tres en este grupo de trabajo, que convivíamos casi permanentemente, el Arnulfo, el Quincho y este maje que está aquí, juntos casi seis años. Quincho era el perfecto enamorado de la Edipa, la Pipa. Además tenía otra historia que me dá risa y que no voy a contar.

Desde hace varios años, el Quincho viene escribiendo una su columna en el Co Latino, sobre el léxico salvadoreño. Hoy ya ha sacado el libro Real Diccionario de la Vulgar Lengua Guanaca que ya quisieran haber escrito personajes como los más encumbrados estudiosos del español que hablamos en la guanaxia. Un trabajo lingüistico - antropologico excelente, que ha costado años de trabajo, contactos y conversaciones con la gente en la calle, con el pueblo, con nosotros los comunes.

Esta hecho este libro, a la manera que se preparan los mejores platos de comida, con sazón, con detenimiento, con cariño, con esmero, cocinado a fuego lento, con un gran manejo de "lo vulgar", y debe entenderse por vulgar, la forma como habla el común de nuestro pueblo, el común de los salvadoreños. Véase por ejemplo "Chorriada: conjunto o secuencia de errores" exactamente eso quiere decir, junto con otra serie de cosas que el diccionario apunta. "Patuleco: rengo, patizambo".

Debo confesar -...como que es pecado- que me he ocupado de leer azarosamente varias palabras y sus definiciones. Anoche mismo, la Alexia, mija,  estaba leyendo el dichoso diccionario, y me dijo "aquí hay cosas que yo no digo", queriendo expresar que tenía muchas "malas palabras". Error, tuve que explicarle que la cultura se renova, que las palabras son parte de la comunicación y que los pueblos buscan las mejores formas de comunicarse, que la palabra "puta", la hemos dicho todos los salvadoreños alguna vez y que por eso, no vamos a irnos al infierno, ni nos van a odiar nuestros amigos. Que los cambios semánticos son enriquecedores del habla.

Como dice Quincho, las palabras malas son Pobreza, Dolor, Luto, Corrupción, Muerte, Injusticia. Las palabras buenas son: Salud (dicha en variadas ocasiones), Libertad, Democracia, Hogar, Solidaridad.

Me gusta, me gusta, me gusta. Lo recomiendo sin pensarlo dos veces.  Vamos a presentar el Diccionario en el Museo Universitario de Antropología de la UTEC el 28 de noviembre, a las diez de la mañana. ¿Vas a venir? Que bueno.