La ausencia de información es en buena medida producto de nuestra falta de curiosidad y prevención, a veces, es producto del engaño o de las verdades a medias, como cuando se nos quiere vender algo: este detergente deja sus camisas más blancas que las nubes, y las nubes bien negras; o el anuncio reconocido tomese esta gaseosa, así tendrá la chispa de la vida. Y la gente se toma la bendita coca cola para tratar de conseguir un poco de minerales cuando tiene diarrea. ¿Cual chispa de la vida?
Asi nos pasó ayer domingo, teníamos previsto un viaje a Punta Chiquirín, en La Unión, El Salvador, exactamente en el Golfo de Fonseca, llamado así por Andrés Niño en honor a su protector Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y Presidente del Real Supremo Consejo de indias. Antes se ha llamado con diferentes nombres, desde Golfo del Salvador hasta Bahía de Chorotega.
Pues no teníamos informacion que el asunto del tremendo huracan azotando a el Salvador hubiera causado tales destrozos en el oriente y la zona paracentral del país, en particular, arrastrando piedras y palos, pero sobre todo, vidas de hombres, mujeres y niños. Un diluvio completo, una manera de morir sin piedad, a pesar de no tener pecado ni culpa de nada. No es la primera vez que me pregunto si acaso Dios puede y quiere permitir situaciones así. Ahi comienzan siempre mis dudas, ante el daño y el dolor a almas sin culpa de nada.
Bueno, así que a las cinco y media de la mañana de un día domingo 8 de noviembre del 2009, sin informaciòn, con sueño y sin desayuno; con amigos y esperanza de un buen día nos vamos hacia el Golfo. Los primeros 30 kilometros de carretera dieron aviso de la situaciòn, luego un par de llamadas telefonicas a amigos y ya era claro, El Salvador estaba pasando por un desastre, mientras nosotros estabamos en otro mundo, así que a tomar decisión, ¿vamos o no? No podíamos desilusionar a los 24 compañeros que se levantaron temprano un domingo para ir a este pedazo de cielo, así que... fuimos. Quizá podíamos, pero no teníamos idea clara de la magnitud del dolor que los salvadoreños debían pasar.
Llegamos a eso de las 10 y media a casa de Ovidio en cuyo terreno fué accidentalmente encontrado un "entierro" con ofrendas de conchas y caracoles. Ahi, en su tiendita compramos algun churrito y algo de tomar. Avanzamos siguiendo a Oscar Camacho, estudiante de arqueología a punto de graduarse, a Sofía, Akira y Hugo, quienes ya antes han trabajado en excavacion del Conchero pre Hispanico en el sitio arqueologico de Punta Chiquirín.
Ai conversamos un poco sobre varias cosas, entre estas, la importancia del ojo del arqueologo de entender que no es necesaria la existencia de infraestructura para la existencia de un sitio arqueologico, que es necesario tener un buen entrenamiento para identificar las señales físicas y geograficas del sitio, y así lograr mayor y más certero resultado en el proceso de investigaciòn.
Discutimos sobre la importancia de establecer procesos de investigaciòn de cáracter multidisciplinario que comprendiera, en el caso de Punta Chiquirín biologos, antropologos, historiadores y arqueologos, que todo esfuerzo "uniprofesión", daría como resultado productos de conocimiento muy débiles. También conversamos sobre las prioridades del estado en torno a la cultura y como es necesario evidenciar la importancia de la misma en un espejo que refleje el monto de presupuesto, no hay otra manera.
Decidimos caminar, subir colinas, bajar al pedregal, caminar sobre las piedras mientras la marea subía, tomar fotos del sitio y del grupo. Llegamos al lugar donde quizá ancestros Lencas, Chorotegas o Nicaraos se maravillaban con la luna y las estrellas, con el mar y el sol.
No hablo sobre el viaje en la Coaster, ni el cafecito que llevó la Celina, ni sobre las pupusas de Olocuilta, o la comida de tigüilotes que me dí al nomas llegar y que me recordó con imagenes del pasado, mi infancia subido a los capulines y tigüilotes, bajando los racimos de los frutos tetelques. Punta Chiquirín era para nosotros un paraíso, mientras para otros, la muerte y el infierno cernía sobre ellos,en forma de agua, lluvia, tormenta, río, lodo y dolor.

castasil
21 ene 2010 | 10:05 PM
Su descripcion de un viaje al paraiso"muy bella y acertada..Y no es para menos:un retorno al origen,al atural;que mas nzatural que su"hartazgo" de memorias infantiles,cuando quiza"y porque no? "pata en caite ,exploraba y "cosechaba" tetelques o no:tiguilotes,sincuyas ,sunzapotes,nances,quiza uno que otro guiscoyol,o semilla de tempisque con su pedacito de queso blanco,o sal,,,,Si supiera estas son las cosas sencillas que se añoran cuando se vive fuera de la patria...;cuando a pesar del esfuerzo por quitarse uno de encima,el olor a talpetate mojado,despues de las primeras lluviaas de mayo,no lo logra....
Notro,con tristeza que hay poco interes entre sus lectores(sera porquem se averguenzan) de comentar estos temas.Es una lastima!!!!!!