La negrita
el 11 may En: cultura - sin comentarios
La negra, era una mujer interesante, era más bien pequeña de andar menudito a pasos pequeño, de pies pequeños, de manos negras pero pequeñas, nalgoncita, pechudita, bien formadita digamos, dura, una mujer de carne dura. Notorio porque usaba vestidos y faldas pegaditas al cuerpo.
Si la negra hubiera sido una mujer grande, habría sido un portento de mujer, quizá inspiradora de la canción del General “dos libras de cadera en esa negra, tres libras de cadera en esa negra, muévelo, muévelo…” La sonrisa de la negrita era también bonita, se reía y dos grandes camanances asomaban en cada “cachete”, como decimos aquí en El Salvador. Al nomás reír asomaba una serie de perlas blancas que semejaban dientes, todas ordenaditas en fila dentro de su boca.
La negrita miraba con ojos de venadito contento, un ojo saltaba y luego el otro. Sí tenía ojos de alegría, y todo el tiempo estaba así, Rafael, no podía verla de otra forma, aunque pensaba que una vez la vio llorar, pero nada más, y era tan vago ese recuerdo, que él no lo recordaba. Su pelo era corto, y liso por completo, ella era lo que podemos llamar una zamba. Una mezcla entre africano y Nonualco.
La negrita era, entonces, una mujercita, hecha y derecha, pero no le queda decir que era una mujer, sino que era eso: una mujercita.
Un talle pequeño, sin ostentación y con un color raro para el mestizaje del que hacen gala muchos salvadoreños, ella era negra, bajita, y no bonita, pero simpática, alegre y pispireta. Esa es una buena descripción.
Se conocieron allá por el año 95 o 96, ella era psicóloga y Rafael, era sociólogo, o quizá trabajador social. Se llevaban dos o tres años de edad, Rafael era mayor que la negrita.
Por casualidades del destino, trabajaban en las mismas cosas, la formación y desarrollo de micro empresarios, gente muy pobre con ganas de crear o desarrollar su pequeño negocito, y bajo ese concepto se entiende una pequeñita tienda, donde venden bebidas gaseosas, dulcitos, peines, pan dulce, galletitas, peines, pastas de dientes, y otras tonteras de uso diario. Negocio que puede ser establecido en la sala de la casa y que puede iniciarse con unos doscientos dólares.
Eso les conduce a ambos, al trabajo conjunto en actividades fuera de la ciudad, a compartir ideas, mecanismos, métodos, lecturas, y también lleva a conocerse mejor. La oficina donde trabajaban era la misma, un pedazo de plywood les dividía los espacios vitales, hasta que un día decidieron que esa mierda era un estorbo, entonces, tenía el espacio ampliado, y aprovechaban para conversar varias veces durante el día.
La negra se hizo muy amiga de Rafael, con intimidad, y él tenía claro el recuerdo de sus manos pequeñas y negritas encima de su humanidad, tosca y palpitante. Tenía claro el color de sus pezones, más negros que el color de los ojos del cadejo y más brillantes que cualquier lucero de la mañana, más, mucho más que Venus. Una luna con eclipse. La oscuridad favorecía a la negrita, que daba la impresión de desaparecer en ella, aunque él podía sentir su aliento.
El cariño (¿cariño?) de la negrita se lo disputaba Guillermo a Rafael, pero ella nunca le paró pelota, y él jamás indagó sobre el tema, fundamentalmente porque ¿Para qué? El papel celeste no le quedaba bien siendo casado, y el de meque, mucho menos. Siempre había dicho que uno no debe meterse donde no lo llaman, que los consejos solo son bien recibidos cuando son solicitados, que cada cabeza es un mundo y que, finalmente, en este mundo de mentiras y verdades, cualquiera puede hacer de su culo un tambor, si le da la gana.
La negrita le pidió algunas veces que se subiera al carro de ella, un hondita de cuatro puertas para llevarlo a perder en el mundo de los sueños, las fantasías, los qué rico, y los adioses de la noche. Luego lo pasaba botando cerca de su carro de Rafael, para que él regresara solo a su casa y no tuviera reclamos de su familia.
Mientras las miradas y habladurías en voz baja de los compañeros de trabajo se posaban sos
pechosamente sobre la manera que ellos tenían de caminar la vida; la vida misma los llevaba por caminos diferentes. En efecto, cambiaron de lugar de trabajo, y sus conversaciones fueron haciéndose cada vez, menos impetuosas.
Así como sucede cuando un barco se va alejando en el mar, así le pasó a Rafael con la negrita, la fue perdiendo de vista por poquitos, por poquitos, hasta que se le desapareció.
Hace un par de años, desarrollando un trabajo de investigación por ahí, se la encontró trabajando en auditoría de oficiales de crédito de un organismo en San Salvador. Hablaron un poquín y se sintieron contentos de volverse a ver.
En diciembre de ese mismo año, se encontraron en una celebración de fin de año, Rafael había sido invitado para compartir con algunos amigos, y la negrita también estaba ahí. Ella se pasó la noche en su mesa, a su lado y dejo a sus amigas y amigos en otra mesa. En un momento decidieron ir a sentarse en la orilla de la piscina donde se tomaron las manos y algunos tragos, hablaron sobre lo que hablan los viejos amigos que se encuentran: el pasado.
Después de tres horas de conversación ella le dijo que debía irse a su casa, que su hijo estaba esperándola y que no podía quedarse más tiempo. Le pidió que la acompañara a su vehículo, y que entrara para decirle adiós. Lo hizo gustoso.
La semana pasada, en la mañana, Rafael decidió ir a jugar un poco de basketball al gimnasio nacional, donde jugó durante varios años en su juventud de hace muchos años. Encontró a viejos, viejos amigos, gente que no miraba hacía rato, debido a que siempre hacía deporte en otras canchas, y entre estos amigos estaba Ovidio, que trabaja en esa institución donde también lo hacía la negrita.
Ovidio se paró en medio de la cancha, le miró a Rafael que caminó a su encuentro para saludarle, inmediatamente Ovidio le preguntó: ¿Sabes quien se mató? Luego le comentó la forma trágica en que murió.
El motorista de la entidad se fue a meter debajo de una rastra de camión, estacionada a un lado de la carretera, la muerte fue instantánea. El la había ido a reconocer. Rafael, estaba triste, se tiró en el pecho de Ovidio y le dijo que no era cierto. Rafael hoy, no puede con su dolor. Se le pasará.
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