Todavía recuerdo la primera vez que leí a Miguel Hernandez de la mano de Manuelito, mi profesor de literatura en el 3o de bachillerato, allá en el Miguel de Cervantes sobre la segunda avenida sur y a una cuadra de mi casa. Que rico vivir casi a la par del Colegio.

Como el era un entusiasmado de la generación del 27, pues ahi yo tambien siguiéndole. Miguel Hernandez, una vida de sorpresas, de tristezas, de agonías, de intensidad. Miguel muere el 28 de marzo del 42, apenas a los 31 años. Franco, que grande es la cuenta que tenes y que no alcanzaras a pagar ni con tu eternidad en Hades.
Me tomare tiempito el proximo fin de semana para escribir algo biografico sobre este silbo vulnerado, de quien quisiera besar la noble calavera y desamordazarle, y regresarle.

¿Que habría sido si Miguel hubiera vivido tanto como Neruda? No sé, quiza hoy sería el máximo poeta mundial, que para mí lo es ya con su corta vida y prolifica producción.

Este poema es uno de los que mas me encanta, quiza por la triste descripción que hace de sí mismo en función de su enamoramiento.
¿Soy barro? Todo lo que toco, ensucio. Me arrastro a tus pies, y hasta los beso. Me desprecias a patadas, y aun así, pateándome, te busco y te idolatro. Y me temes, temes quererme. Eso dicho, de una manera impresionante, en el estilo triste, sombrío, dulce, tierno, lastimero, metaforico, jugueton de la lengua, de Miguel Hernández.

Me llamo barro aunque Miguel me llame.
Barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame.

Soy un triste instrumento del camino.
Soy una lengua dulcemente infame
a los pies que idolatro desplegada.

Como un nocturno buey de agua y barbecho
que quiere ser criatura idolatrada,
embisto a tus zapatos y a sus alrededores,
y hecho de alfombras y de besos hecho
tu talón que me injuria beso y siembro de flores.

Coloco relicarios de mi especie
a tu talón mordiente, a tu pisada,
y siempre a tu pisada me adelanto
para que tu impasible pie desprecie
todo el amor que hacia tu pie levanto.

Más mojado que el rostro de mi llanto,
cuando el vidrio lanar del hielo bala,
cuando el invierno tu ventana cierra
bajo a tus pies un gavilán de ala,
de ala manchada y corazón de tierra
Bajo a tus pies un ramo derretido
de humilde miel pataleada y sola,
un despreciado corazón caído
en forma de alga y en figura de ola.

Barro en vano me invisto de amapola,
barro en vano vertiendo voy mis brazos,
barro en vano te muerdo los talones,
dándole a malheridos aletazos
sapos como convulsos corazones.

Apenas si me pisas, si me pones
la imagen de tu huella sobre encima,
se despedaza y rompe la armadura
de arrope bipartido que me ciñe la boca
en carne viva y pura,
pidiéndote a pedazos que la oprima
siempre tu pie de liebre libre y loca.

Su taciturna nata se arracima,
los sollozos agitan su arboleda
de lana cerebral bajo tu paso.
Y pasas, y se queda
incendiando su cera de invierno ante el ocaso,
mártir, alhaja y pasto de la rueda.

Harto de someterse a los puñales
circulantes del carro y la pezuña,
teme del barro un parto de animales
de corrosiva piel y vengativa uña.

Teme que el barro crezca en un momento,
teme que crezca y suba y cubra tierna,
tierna y celosamente
tu tobillo de junco, mi tormento,
teme que inunde el nardo de tu pierna
y crezca más y ascienda hasta tu frente.

Teme que se levante huracanado
del bando territorio del invierno
y estalle y truene y caiga diluviado
sobre tu sangre duramente tierno.

Teme un asalto de ofendida espuma
y teme un amoroso cataclismo.

Antes que la sequía lo consuma
el barro ha de volverte de lo mismo.