El día que naciste el cuarto se llenó de luz, y mi vida me cambio para siempre, debido a la necesidad de darle cariño del más tierno a esa pequeña criaturita blanca que había aparecido en el mundo, porque tomó la decisión de que ese día debía estar entre los humanos.
Recuerdo exactamente como te me quedabas dormida, mientras te arrullaba y te hablaba en chiquito, como se le habla a los niños pequeñitos, para que se sientan mimados.
Cuando empezaste a caminar te gustaba mucho besar el suelo, o al menos eso pensaba yo. Quizá, decía le tiene tanto cariño a su aparición en el mundo que le gusta abrazarlo.
Luego, luego me di cuenta que no era eso, exactamente. Algo pasaba en tus piecitos, así que decidí llevarte donde el ortopeda, que ipso facto decidió ponerte botitas, como que eras soldadita, todo con el afán de que no fueras tan cascorba. No le basto, y te hizo poner una platina entre pie y pie para que durmieras sin torcer las patas. ¿Y si no hubiera hecho eso? Hoy serías la chele patizamba.
Empezaste a ir al Pasitos, un kinder de barrio en la San Luís, donde cada mañana antes de irme a trabajar pasaba a dejarte con tu uniforme azulito y blanco. Todo el mundo te quería por tu sonrisa triste y a la vez inocente.
Cuantas cosas me seguís enseñando, especialmente en la tolerancia, porque para tolerar vos sos buena, con tanto que me has aguantado.
Tu madurez me impacta tanto desde siempre. La forma en que has sabido abordar las cosas malas y buenas que a todos nos da la vida. Tu cariño hacia mi me enseña, que se debe querer a todos los que nos rodean, aunque a veces sean tan, tan, tan. Tan así como algunos son.
¿Quien mas que vos puede dar tanto cariño? Eso, mas otras miles de cosas tuyas, me hacen sentir con intensidad tu cumpleaños. Te doy de regalo vamos a ver... Cien mil abrazos, doscientos cariñitos, mil besos, cuatrocientos mil buenos deseos, y una fuente luminosa de amor.
Te quiero muchísimo chelita.
Tu papito.