La Lupita

Es una mujer como cualquiera... como cualquiera que pretenda humanidad, solidaridad, compañerismo y fraternidad. Guadalupe, como buena mexicana.

La conocí en un viaje a una ciudad que deseaba conocer muchísimo, hacía mucho tiempo y es que las películas del Santo, el enmascarado de plata había hecho famosa a la ciudad. Voy ahí de pura casualidad.

Resulta que yo era el más serio de todos en el gobierno municipal (como va a ser!!), soy enviado a participar en un tema que me gustaba, llamaba la atención, pero no era de mi mayor aspiración entenderlo.

Llegué a Mummy Land, Guanajuato, y empecé a observar a los participantes, unos menos estirados, otros parecían muy funcionarios públicos y, en realidad alguno u otro medio calle, calle, como yo, que parezco menos calle de lo que soy. Ser “calle”, en mi bario es provenir de sectores muy populares, desde luego, haberse criado en los beneficios que dan las malas relaciones adolescentes.

Suddenly, veo aquella mujer, con grandes ojos, riendo a mandíbula batiente, y con ánimo de vacilar, de molestar, de joder. Ahhh, que bueno, me dije, alguien que está fuera de este grupo, que tiene vida propia y que además no esta empeñada en parecer, sino en ser.

Bien, me dije, esta sera mi amiga del curso, si acaso logramos empatar. La verdad, es que soy medio alejado cuando no me encuentro a mi mismo entre gente que no viva la vida sin joder a otros. La lupita me pareció viviéndose ella misma y gozando de la vida. Un espejo, me vi reflejado.

Los primeros dos días, fue de miradas, conversaciones pusilánimes, que donde trabaja, que qué hace, que como se llama, que de donde es, que qué bonito habla, que qué lindo el acento, en fin, puras pendejadas.

Al tercer día, la Lupita era mi pana, me mostró buena parte de la ciudad, me enseñó cosas que no sospechaba acerca de la historia.

Nos fuimos a la casa de las momias, a la casa del tequila, no se si se llama así, la cosa es que había para chupar hasta el gorro.

Dimos vueltas por la ciudad, me llevo a una cantina donde nos zampamos dos tequilas de una vez. Por las noches, chupamos, chupamos y jodimos, me hablo de sus hijas, me entero de su vida, me invitó a bailar, nos pusimos borrachos, y me abrazo con cariño fraterno, de hermano. No, no es cierto, su cariño era de hermana, no de hermano. Me sentí con compañía, tenia ratos de no tenerla.

La lleve a jugar billar, tome fotos de su figura y de su billareada. Un día se me puso borracha y me pareció alejada de mí. Estrellita me dijo que era mi culpa su lejanía. Ummmm, ummmm... no pasa nada. Los amigos se fraternizan for ever.

Casi cerrando el evento, nos fuimos a pasear, a comprar y a cenar a un restorantito en una cima, solo llegar a esa mierda me cansaba, era de subir y subir gradas. Pero mi compañera hacia que la subida fuera bajada.

Conversamos harto de nosotros, de nuestras relaciones, de como se vive el exilio del corazon. No nos despedimos, mejor no hacerlo.

Fue "cordialmente invitada" para estar en el país en una actividad en enero, con Gabino, Luís Enrique, Rómulo Castro, Tuira, Exceso de Equipaje, el mal recordado Andrés, mi ex pana, en fin varios, no vino. Bueno, dedique una canción para ella esa noche. Tu y mi ciudad, de Rubén Blades, pero original de Rómulo, que tuvo el acierto de decir en publico que era mi peticion. A esa invitación respondió que quizá no, que a lo mejor mi "consuerte" se encachimbaba. Vaya.

Nos escribimos con la Lupita, mas menos cada cierto tiempo. A veces con mas cariño, a veces con mas amistad. Hace poco me entere de su orfandad paterna. Se lo triste que eso puede ser. El poeta Miguel Hernández, tan triste y tan lindo, escribió tantas cosas sobre la muerte y el amplio y vacío espacio que nos dejan los que se marchan, que me dedique a leer dos días a Hernández.

Recuerdo como lloré a mamita cuando murió hace varios años. A pesar de que ya era, en lenguaje sexista, todo un hombre. Hombre de mierda que chilló como niño.

Este mes, noviembre, pensaba que se me hacía irme a Oaxaca y de ahí a por mi cuenta a Morelia, como sorpresa.... bueno, me cambiaron la ruta. Ni modo.

La vida no es tan larga como uno piensa y el mundo es ancho, sobre todo ajeno.