“Los profesores a menudo deben hacer inferencias acerca de si las dificultades del estudiante son causadas por factores del desarrollo, factores motivacionales, o factores instruccionales… Los profesores que saben como aprenden y se desarrollan los estudiantes tendrán mas herramientas con las cuáles evaluar los problemas de los estudiantes que los profesores menos preparados”
Thomas L. Good, en Psicología educativa Contemporánea
“¿El pez grande se come al chico? Sea. Pronto tendremos el desquite”
Rubén Darío, en Tantos Vigores Dispersos
Cuándo comencé a considerar a la educación como una de mis posibles áreas de trabajo profesional, no estaba totalmente claro que existen otras profesiones en donde el involucramiento en y con los problemas de otros es menos necesario.
La imagen del “profesor” que tenía se remontaba a
Sin embargo, yo encontraba ciertas diferencias entre “mi señorita” y
Hoy, llevo ya algunos años, varios, ejerciendo docencia, eso no significa que tenga fuerte experiencia. La experiencia no es el resultado de mucho tiempo ejerciendo una actividad, no.
La experiencia es la profundidad con la que se reflexiona y se vuelve a la práctica sobre la actividad que uno desarrolla; mientras mas tiempo uno desarrolla una actividad, mas elementos o aspectos tiene para reflexionar.
De cualquier manera, hay un hecho que me ha llamado la atención, es que en las universidades donde he trabajado he encontrado sujetos educativos o alumnos, diferentes.
Diferentes en forma de ser, en posición socio económica, en cultura y en ideología. Flores Ochoa, en Evaluación Pedagógica y Cognición, dice que “si los individuos son diferentes y desarrollan sus potencialidades de forma diferencial, es absurdo ofrecer educación igual para todos y someterlos a los mismos criterios evaluativos y a los mismos exámenes y pruebas como si todos caminaran por el mismo sendero”. Pues sí. Si las universidades no son universales, a pesar de su nombre, sino diferentes y, en efecto, sus alumnos son diferentes y no iguales, pues sí.
Todo este asunto viene a cuento porque escucho constantemente comentarios en torno a los procesos educativos en universidades diferentes. “Que si la universidad equis es mejor que la universidad ye”; que en esa universidad, la gente pasa sin examinarse”, “que si su hijo baboso nace, la universidad tal, licenciado se lo hace”, en fin una serie de cosas.
Me parece muy poco inteligente que, conociendo características de los alumnos de una universidad, se establezcan criterios para planificar y ejecutar el proceso de enseñanza aprendizaje, olvidándose de las tales características. Que se les ponga uniforme a pesar de su diversidad.
Por ejemplo, si sabemos que los estudiantes con los que trabajamos, son personas que tienen comodidades económicas, que tienen padre y madre con situación social y económica que permite comprar libros, materiales educativos, tener una computadora con acceso a conocimiento en la red mundial de información, además con biblioteca en casa; las condiciones para proponer objetivos de profundidad, contenidos extensos, metodologías de aplicación con tecnologías de información, formas de evaluación variadas son muy positivas.
Por otra parte, y ahora me quiero referir a muchos casos con los que me encuentro en la universidad donde trabajo, y que en mucho son el resultado y el efecto de un modelo social y económico que establece diferencias en el acceso a la educación a los más desfavorecidos, casi como una perversidad planificada. ¿Será? Como dice Tomás, a los más jodidos, jodámoslos más.
Imaginemos a un/una estudiante que viene de Sonsonate, que se levanta a las cuatro de la mañana para poder salir en el primer autobús, que desayunó un par de pancitos con frijoles en el camino, que llega medio dormido a clases, que después se va al trabajo que ha logrado obtener en metro centro como vendedora de aparatos electro domésticos, y que debe regresar a las cinco de la tarde para su última clase del día, que se quita los zapatos en la clase para estar mas cómoda, que se está durmiendo, y que está pensando en que, quizá, el último autobús de regreso sale sin él o ella.
¿Cuánto voy a exigirle que aprenda?, ¿Cuántas tareas debo pedir que haga como autoaprendizaje fuera del aula?, ¿cuántos libros quiero que lea?, ¿Cuáles son mis exigencias de atención en clase?, ¿Qué métodos voy a usar para lograr interesarle?, ¿Cuánto conozco de mis alumnos?
En 1910, John Dewey decía que “si se pregunta si la habilidad para pensar que se adquiere en una situación o un tema resultará igualmente eficaz en el caso de otra situación y otro tema, hay que responder que no necesariamente, como queda patente en el hecho de que un especialista científico puede ser infantil en cuestiones prácticas de negocios, o de política, o de religión…” es importante tomar en cuenta estos aspectos en los procesos de enseñanza y aprendizaje.
Es frecuente, desde la docencia, considerar que aquellos alumnos que no son capaces de obtener una nota superior al requerido mínimo seis en una evaluación (que nosotros diseñamos igualita para todos, sin establecer diferenciaciones), son haraganes, son descuidados o tienen otros intereses.
Casi siempre pensamos que aquellos que no leen (que son bastantes), no lo hacen porque aun no han logrado desarrollar el hábito conveniente de la lectura.
Pero… ¿Y si no tienen el dinero para comprar el libro indicado?, ¿y si por culpa del trabajo que llevan en paralelo al estudio, no tienen el tiempo necesario para leer?, ¿Y si su esposo le ha pedido que le tenga lista la cena aunque no haga su tarea universitaria?, ¿y si no tiene computadora ni Internet? ¿Y si llega tan cansado que no quiere leer? y si, y si, y si, en fin, tantos y si. Que fácil es decir que se dedique a otra cosa, que el estudio no fue hecho para el o ella, que mejor aprenda costura o cocina, o carpintería. Que fácil y que injusto.
El mejor mecánico del mundo requiere de conocer perfectamente bien la máquina con la que va a trabajar.
El sastre trata de entender la textura, el color de la tela con la que va a diseñar una prenda de vestir, y sugiere el tipo de tela más adecuado para la prenda. Creo que los jocotes, mangos y granadillas que le llevaban los cipotes (niños) a
Bien me acuerdo que cuando era de aprender sobre el Capitán Gerardo Barrios, nos llevaba al cementerio “de los Ilustres” a la tumba del mencionado caudillo. Si el tema era sobre la fauna, allá iba el puño de bichos (niños, también) al zoológico.
Solo por molestar: El cementerio de los Ilustres es otra forma de separarnos socialmente, aun en la muerte.
Hablando de eso, un día de estos voy a ir a dar una vuelta con mis alumnos a Guazapa, hoy que estamos discutiendo sobre el conflicto de los ochentas en El Salvador… Antes debo conseguir el permiso para hacer este viaje de estudios con los alumnos.

Escribe un comentario