“Y me solté el cabello, me vestí de reina
me puse tacones, me pinté y era bella
y caminé hacia la puerta, te escuché gritarme
pero tus cadenas ya no pueden pararme
y miré la noche y ya no era oscura, era de lentejuelas”

Gloria Trevi

Hablar sobre travestís como un fenómeno masivo en El Salvador, en particular en San Salvador es algo relativamente nuevo. Durante los años de la conflictividad bélica en el país, la situación durante las noches era tal queme acostumbré a acostarme temprano, a veces antes de las ocho de la noche. De cualquier manera la idea era estar encerrado a las siete pe eme. A pesar de mis veinte años. El Estado de sitio obligaba a la población a estar en su casa desde temprano. Durante varios años, hasta tuvo horarios de seis de la tarde a seis de la mañana.

Los años de la guerra me encontraron envuelto en ella, en mis primeras participaciones en las marchas estudiantiles de secundaria, ahí íbamos el montón de muchachitos “virgos” en 1972, con el uniforme del Menendez, kaki, con corbata y los adornejos en bronce.Luego, metido hasta la mitad del cuerpo en un proceso de acompañamiento a la movilización social. Es otra historia.

Escuché, allá por los años finales de la década del setenta, en el sector llamado La Praviana, una especie de territorio de mariachis, tríos y otros solistas con guitarra, que el bar llamado El Faro, situado en la segunda avenida había sido convertido en el lugar preferido por los homosexuales, era un rumor que todos conocían.

Ahí bailaban ellos, incluso había uno, el mas famoso de todos probablemente, el Negro Dávila, (a quién conocí años después) que efectuaba un show con una copa de vino en la cabeza, y así se movía en medio de las mesas o en el escenario bajo la música de la Billo´s Caracas Boys, Benny Moré o La Sonora Matancera, los gritos y aplausos de los bebedores eran su aliciente para mantener el equilibrio a pesar de las nalgadas que recibía al pasar. La verdad, no estoy seguro de si había escenario.

A Mario Dávila, el Negro, le conocí en La Langosta, un bar de mi padre al que el llegaba los domingos antes del medio día para tomar una o dos cervezas, era (¿es?) un tipo de trato afable, respetuoso, fino y educado. "Julito, mi cerveza me la das en un vaso con escarcha". Su lenguaje era el de un profesional, nunca gritaba ni hacia gestos afeminados, aunque la voz se le quebraba a ratos. Se decía de el que su familia era adinerada, y que el era la oveja… negra de la familia.

Antes de esa época existía otro lugar, llamado El Tamoa, creo que ubicado en La Troncal del Norte. El dueño o dueña tenía el mismo nombre. Era un travestido trabajador, que vestía de mujer todo el día, tenía el pelo largo rizado, un cuerpo musculoso de hombre, pero usaba símbolos de identidad como blusas, aretes y gesticulaba como mujer. Estoy seguro de que alguna vez observé a la Tamoa” comprando en el mercado, ya que iba los domingos con mi padre a aprovisionarnos.

Koki me comenta también sobre ese lugar allá en la carretera a Apulo, en el Lago de Ilopango, de donde era dueño un señor delgado, blanco muy fino, de pelo castaño. Tengo el nombre, pero no lo digo. Este lugar llamado El Mirador 70, se encuentra en una curva bajando al lago. El dueño también atendía a los clientes, siempre con maneras afeminadas. No era travestido, pero claramente con una orientación sexual evidente.

No conozco historias salvadoreñas antes de esto, claro que las hay. Quiero decir que ha habido travestís antes, pero no como fenómeno público, masivo y prostituido.

La guerra vino casi inmediatamente después, en el país inició como el noviazgo, primero dándose miradas de simpatía, luego hablándose quedo, siguiendo con las aproximaciones sucesivas del espacio individual, tomarse las manos, hasta darse besos, tocarse íntimamente y acostarse juntos. No hay necesidad de explicar más, porque todos entendemos. Así fue la guerra, entrando de a poquito, hasta ser un volcán en erupción.

Eran los años en que no había Mara 18 ni MS 13, pocos ladrones, y ningún travestido en las calles. ¿Y cómo? Si la gente estaba encerrada y se divertía mirando las novelas de la Lucía Méndez, doña Carmen Montejo, Sylvia Derbez (sí, la mama de Eugenio), Eduardo Capetillo, en un trasplante de la cultura mejicana de la tele-noveleada de títulos afresados y con historias increíbles de jovencitas pobres enamoradas de jóvenes ricos, o de amantes voluptuosas,clandestinas y alocadasque hacían la vida imposible a las esposas, en fin, a lo mejicano pues.

Otros estaban en la onda de John Travolta, Donna Summer, Gary Glitter y unos pocos nos congratulábamos de encontrar discos en acetato de Pink Floyd, Iron Maiden, Kiss, Black Sabbath y otros fuertes, combinados con John Denver, Cat Stevens y Bob Dylan, en una mezcla espanglish de disco con cassete de audio con Guaraguao, Quinteto Tiempo, Victor Jara, Violeta y AngelParra, mi amigo Luis Enrique y Gabino Palomares,a quien debo especial aprecio. A todos esos los escuchábamos en unos aparatos llamados Walk Man. Parecidos al disc man, pero de cintas de audio, los oíamos por las noches encerrados en la casa, mientras la otra parte de la familia lloraba a moco tendido con el culebrón de Victoria Rufo.

Cuando la guerra cerró su capitulo, en el noventa y dos, la gente comenzó a habituarse a estar en la calle, los restaurantes, los burdeles o las discotecas un poco más noche. Primero a las nueve, luego a las diez, después a las once…

Creo que la primera vez que vi un travestido en la calle debe haber sido allá por el noventa y tres. Desde entonces sus territorios de ubicación y control se han ampliado a varios puntos en la ciudad de San Salvador. El grupo emergente empezaba a hacerse visible. ¿Era un replanteo de la sociedad o solo un momento de relajamiento después del estrés de la guerra? ¿Es posible que la sociedad después de estar encerrada, haya aprovechado que abrieron la puerta y como perro que solo pasa encerrado, haya pegado una enorme y rápida carrera?

Quizá durante la guerra existían ocultos en alguna casa, o era un fenómeno menos socio económico que ahora. Quiero decir que quizá los travestidos de antes gozaban su tarde o noche de feminidad sin llegar a considerar la posibilidad de cobrar por su entrega de placer o favor, como dirían algunos.

Me quedo con “placer” porque me suena más poético, y menos chocante.

Sí recuerdo que los homosexuales, y algunos raros travestidos de antes debían pagar al “macho” para poder establecer su relación. Un día eso cambió. Los travestidos empezaron a cobrar… y los “hombres” a pagar. ¿Qué pasó? No sé. Imagino que las fantasías de los hombres eran tan fuertes que pagaban por que se cumplieran, a pesar que previamente, en los años anteriores, eran ellos los pagados. Me hace pensar que los hombres prostituidos que aceptaban el pago de un homosexual también tenían motivaciones psicológicas y no sólo económicas.

El territorio de los travestidos era el del centro de la ciudad, muy probablemente su primer “espacio propio” debió ser la Avenida Monseñor Romero, o segunda avenida, entre la Alameda Juan Pablo Segundo y la Tercera calle poniente.

Dos o tres bares eran el cuartel central, cualquiera que pasaba por ahí en un vehículo era asistente a un espectáculo raro en la ciudad. Este grupo de hombres vestidos de mujeres se paseaban por la cuadra pavoneándose y llamando a los que iban pasando, a pie o en carro.

La oscuridad de la noche era parte del camuflaje de esta mujer grande, de voz tosca, y movimientos feminoides. La ciudad tenía los primeros encuentros masivos con esta dama nocturna que se ocultaba entre la oscuridad y que tiene como atributos identitarios el maquillaje excesivo, los grandes zapatos de tacones altos, las mallas en las piernas, que usa peluca de colores, se pone aretes grandes, se "viste de reina", piropea y es descarada para ofrecerse.