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Terra
La Coctelera

Categoría: historia

2 Noviembre 2011

Hoy, a partir de una solicitud de la tía Sofía, me indagué que aunque el libro de Charles C. Mann no está gratis y e lína, pues hay un resumen motivador. Leí el libro en la semana santa del 2009, por préstamo de mi hermano, Mario (Mata).

Dejo esto que encontré por ahi, que me gusta por ser muy claro. Esta tomado de este website:

http://www.ojosdepapel.com/Blogs/ojosdepapel/Blog/Charles-C-Mann-1491-Una-nueva-historia-de-las-Americas-antes-de-Colon-Taurus-2006

Título: 1491. Una nueva historia de las Américas antes de Colón

Autor: Charles C. Mann
Editorial: Taurus
Lugar y fecha: Madrid, 2006
Páginas: 640
Precio: 23 €

Tradicionalmente, nos han enseñado que los primeros habitantes de América entraron en el continente atravesando el estrecho de Bering doce mil años antes de la llegada Colón. Se daba por supuesto que eran principalmente bandas reducidas y nómadas, y que vivían sin ar la tierra de modo que las Américas eran, a todos los efectos, una inmensa región natural intacta. Sin embargo, durante los últimos treinta años, los arqueólogos y antropólogos han demostrado que estas suposiciones, igual que otras que también se sostenían desde hace tiempo, eran erróneas.

En un libro tan asombroso como persuasivo, Charles C. Mann revela conclusiones tan novedosas como que en 1491 había más habitantes en América que en el continente europeo; que algunas ciudades, como Tenochtitlán, tenían una población mayor que cualquier ciudad contemporánea de la época, además de contar con agua corriente, hermosos jardines botánicos y calles de una limpieza inmaculada; que la prosperidad de las primeras ciudades americanas se alcanzó antes de que los egipcios construyeran las pirámides; que los indios precolombinos de México cultivaban el maíz mediante un procedimiento tan sofisticado que la revista Science lo ha calificado recientemente como “la primera hazaña, y tal vez la mayor, en el campo de la ingeniería genética”; o que los nativos americanos transformaron la tierra de forma tan completa que los europeos llegaron a un continente cuyo paisaje ya estaba modelado por los seres humanos.

Charles C. Mann arroja nueva luz sobre los métodos empleados para llegar a estas nuevas visiones de la América precolombina y sobre el modo en que éstas afectan a nuestra concepción de la historia y a nuestra comprensión del medio ambiente.1491 es un relato apasionante de diversas investigaciones y revelaciones científicas de primera magnitud que cambiarán radicalmente nuestra forma de ver la América precolombina.

1491 fue seleccionado entre los mejores libros de 2005 por: The New York Times,The Washington Post, Amazon, Time y Discover.

Charles C. Mann es corresponsal de Science y del Atlantic Monthly. Coautor de varios libros, ha recibido, entre otros, los premios de la Asociación Americana de Abogados, la Fundación Margaret Sanger, el Instituto Americano de Física y la Fundación Alfred P. Sloan. Sus trabajos se han incluido en las antologías The Best American Science Writing 2003 y The Best American Science and Nature Writing 2003.

CRÍTICAS

“Una obra maestra.” William H. McNeill, The New York Review of Books.

“El libro de no ficción que más me ha impresionado este año.” Ronald Wright, Times Literary Supplement.

“A menos que usted sea antropólogo, posiblemente todo lo que sabe sobre la América precolombina es erróneo. La evaluación que realiza Mann sobre las últimas revelaciones constituye una corrección estimulante. [...] Un estudio excelente y muy accesible sobre el pasado de América.” Kirkus Reviews.

“Bien documentado y escrito con brío, [...] de lectura entretenida y muy accesible. [...] Hay pocos libros mejores para introducirse en las civilizaciones de la América precolombina, y ninguno más actualizado que éste.” Felipe Fernández-Armesto.

1491. Una nueva historia de las Américas antes de Colón

Charles C. Mann

Éste es un libro fruto de la curiosidad y el entusiasmo. De la curiosidad que le produjo al autor un viaje a la península del Yucatán, y del entusiasmo que le provocaron los vestigios de civilizaciones desconocidas hasta entonces para él. Curiosidad azuzada por la polémica que estos restos suscitaron entre los científicos a los que acompañaba como reportero. Ese viaje fue el inicio de una serie de investigaciones y de encuentros con las culturas precolombinas.

LOS INDIOS

Norteamericano, Mann conocía el término "indio" desde pequeño. Los libros de historia que había estudiado le habían enseñado que los indios eran unos seres tribales de pasado inmóvil, para los que los siglos habían ido pasando sin que sus vidas cambiaran lo más mínimo. Seres ajenos a la civilización y al progreso. Lo que Mann nos va mostrando en este libro es una América precolombina rica en civilizaciones diferentes, que se fueron superponiendo y sucediendo entre conflictos y avatares, como cualquier otra civilización objeto de interés para los historiadores, arqueólogos y antropólogos que trabajan en otras latitudes.

Después de mucho escuchar, viajar, documentarse y reflexionar, Mann se pregunta por qué los avances en el conocimiento de lo que fueron las culturas anteriores a la llegada de Colón a América, siguen siendo conocidos solamente por una minoría de expertos. Por eso escribió este libro en el que, con una agilidad y una honestidad intelectual sorprendentes, nos acerca lo que se sabe y lo que aún se ignora de nuestros vecinos de ultramar.

La agilidad le viene al autor de su habilidad como periodista científico y de su calidad de escritor, que es capaz de dar vida a personajes, paisajes y episodios con los que crea relatos que se fijan en la memoria por su vigor, su color y su claridad. Y la honestidad la muestra desde las primeras páginas, en las que no oculta ni su inclinación por una de las interpretaciones, ni los argumentos que pesan contra ella.

EL DEBATE SOBRE EL DESARROLLO DE LA AMÉRICA PRECOLOMBINA

La esencia del debate es si, antes de Colón, América era un territorio casi virgen, próximo al paraíso terrenal, o era, al contrario, un territorio densamente poblado, en el que los humanos habían manipulado la naturaleza.

Es curioso que esta segunda hipótesis, que es la que el autor presenta con mayores avales, sea rechazada sobre todo por los ecologistas e indigenistas, quienes ven en ella la refutación de su imagen idílica de un continente en el que, antes de la llegada del hombre blanco, los indios vivían en armonía perfecta con la naturaleza virgen. Al contrario, incluso en zonas que hoy consideramos vírgenes, los sistemas de colonización de las tierras eran entonces tan sofisticados o más que los que sus coetáneos utilizaban en Europa.

EL ERROR DE HOLMBERG

En nuestra percepción de la América precolombina seguimos anclados en lo que Mann denomina "el error de Holmberg". Holmberg fue un investigador que llegó a Bolivia en los años cuarenta y entró en contacto con uno de los pueblos nativos, los sirionós, una pequeña población de poco más de un centenar de personas que al científico le parecieron supervivientes de un periodo ancestral, como "petrificaciones de nuestro pasado". La comunidad científica aceptó las hipótesis de Holmberg y se reafirmó en el convencimiento de que América era un continente sin pasado, en el que simplemente los siglos habían transcurrido sin que los grupos humanos evolucionaran y sin que el ser humano tuviera ninguna curiosidad ni pulsión innovadora.

Veinte años después, la visión de los sirionós cambió completamente. Nuevas investigaciones, con técnicas más modernas, mostraron que el escaso número de sirionós se debía a un "cuello de botella genético", que se produce cuando hay una gran reducción de población en un periodo muy breve. Una epidemia de gripe y viruela había reducido en más del 95% la población de sirionós, justo unos años antes de que Holmberg entrara en contacto con ellos. Además, el ejército boliviano pretendía desalojarlos de sus lugares tradicionales de vida, donde la presión de los ganaderos era cada vez mayor. Lo que Holmberg calificó de nómadas de la selva sin recursos propios para subsistir, no eran restos del paleolítico, sino supervivientes que trataban de seguir sobreviviendo en condiciones muy adversas.

Estos mismos sirionós que sirvieron para alimentar el mito del salvaje permanente, poblaban las llanuras del Beni, una zona del interior de Bolivia muy llana, que se inunda completamente durante la época de lluvias. En estas llanuras todavía se aprecia, al sobrevolarlas, que los habitantes habían construido un sistema de diques, montículos y pasos elevados que les permitían no solamente vivir en ellas todo el año, sino también sacar el máximo partido al sistema de inundaciones. Por los restos hallados y por la magnitud de la obra, necesariamente tuvo que ser un pueblo numeroso y con una organización social sofisticada.

EL DESCONOCIMIENTO PERDURA

Éste es solamente un ejemplo de hasta qué punto hemos desconocido y mal interpretado la historia de América. Es cierto que todavía no se sabe exactamente cuándo se pobló América. Las hipótesis coinciden en que fue en un pasado relativamente reciente, que oscila entre treinta mil y trece mil años. Ni tampoco se sabe si la emigración llegó solamente por el norte, a través del estrecho de Bering, o también por el sur, a las costas de Chile, donde se han encontrado restos de hace treinta mil años.

El libro rebate ideas muy afianzadas: la escasa población, su carácter predominantemente nómada, la simpleza de sus civilizaciones, la pobreza teológica de sus religiones, que contesta reproduciendo un diálogo entre monjes franciscanos y sacerdotes mexicas, o su espíritu sanguinario, que compara eficazmente con las prácticas europeas del momento, desde la tortura hasta las crueles ejecuciones en la plaza pública, que entusiasmaban a los numerosos espectadores.

PERSPECTIVAS DIFERENTES

Mann nos abre perspectivas diferentes, y lo hace apelando a nuestra imaginación tanto como a nuestro raciocinio. Su habilidad y su fuerza como narrador van en paralelo con los requisitos de credibilidad y de solvencia que debe tener un ensayo. La introducción concluye con una visita guiada por el continente a vuelo de pájaro, una visita por el espacio y por el tiempo. En ella entramos en contacto con pueblos míticos que construían, antes del año 1000, ciudades mayores de lo que París era en aquel momento, con sistemas de alcantarillado y diseños urbanos mucho más limpios que cualquier urbe europea, y que, antes de que los conociéramos, perecieron o desaparecieron por las guerras y sobre todo, según se cree, por fenómenos climáticos como los llamados "mega Niño", periodos en los que la gran corriente del Pacífico produjo sequías y olas de calor mucho más intensas de las que se vivieron en 1925, y que acabaron con muchas civilizaciones del alto Amazonas y de Perú.

Este vuelo nos sitúa en condiciones de recorrer la América de 1491 y de tratar de descubrir lo que realmente se encontraron los conquistadores, y por qué desapareció en tan pocos años tras su desembarco.

PRIMERA PARTE. ¿NÚMEROS CAÍDOS DEL CIELO?

Ésta es una historia de América antes de Colón, y sus protagonistas son los indios que vivieron en primera persona las relaciones con los recién llegados.

TISQUANTUM

Tisquantum, un wampanoag de la costa de lo que hoy conocemos como Nueva Inglaterra, trabajó como intérprete y asesor para los Peregrinos del Mayflower que llegaron en 1621. Tisquantum conocía la lengua inglesa porque años antes había sido apresado por el capitán John Smith, el de Pocahontas, y trasladado a Inglaterra, donde había vivido como atracción en casa de un noble.

A modo de relato de aventuras, la vida de Tisquantum, su alianza con los Peregrinos y su conspiración fallida contra el sachem (jefe) de su propio pueblo le sirven al autor para irnos contando lo que ahora se sabe sobre los Massachusett, los Wampanoag, los Nauset y los Narragansett, los pueblos que habitaban la costa este. Eran numerosos, hermosos, sanos y mucho más limpios que los europeos recién llegados, a los que consideraban bastante tontos. El relato concluye con la práctica desaparición de los pueblos de la costa, exterminados no por las armas de los recién llegados, sino por la viruela. Los cálculos más recientes estiman que el 90 por ciento de la población murió por esta enfermedad.

¿POR QUÉ CAYÓ EL IMPERIO INCA?

Algo parecido sucedió entre los incas de Atahualpa, coincidiendo prácticamente con la llegada de Pizarro. El gran imperio inca, equiparable en extensión, organización y riqueza a cualquiera de los que han existido en la historia, se había desarrollado durante siglos, extendiéndose territorialmente, provocando numerosas migraciones internas, promoviendo una lengua común y estructurando la sociedad de forma eficaz, en el sentido de conseguir una riqueza generalizada y que no hubiera hambre en el imperio.

¿Por qué cayó ante menos de doscientos recién llegados? Mann desmiente que fueran las armas de fuego, poco precisas y menos eficaces que las hondas incendiarias o las flechas de los indios, ni tampoco los caballos, que, tras el susto inicial, los indios aprendieron a abatir con las bolas enlazadas por cuerdas que lanzaban contra sus patas. La superior tecnología metalúrgica de los recién llegados es un argumento que también contesta el autor: los incas trabajaban el metal con tanta o más sofisticación que los europeos, pero con otros objetivos: no buscaban la resistencia, la dureza y el afilado, sino la plasticidad, la maleabilidad y la contundencia. No fabricaron acero no porque no tuvieran hierro ni la tecnología para hacerlo, sino porque preferían trabajar el oro y la plata.

Las razones que Mann suscribe para la rápida caída de los incas fueron la desunión interna en el momento de la llegada de Pizarro, con una verdadera guerra de sucesión en marcha, y, de nuevo, las enfermedades: la viruela y la hepatitis. Entre 1533 y 1565 están documentadas varias epidemias de viruela, además del tifus y la gripe, y, años después, la difteria y el sarampión. En menos de un siglo, las epidemias acabaron con nueve de cada diez habitantes de la "Tierra de las cuatro regiones", como los incas llamaban a su imperio.

EL EFECTO DE LAS EPIDEMIAS

La devastación causada por las epidemias plantea otro interrogante: ¿por qué estas enfermedades se cebaban en los indios, mientras que los europeos eran prácticamente inmunes a ellas?

Las hipótesis más creíbles hablan de una vulnerabilidad genética que tiene dos causas: los indios no habían estado expuestos antes a los agentes patógenos y, por eso, no habían desarrollado la inmunidad de los portadores europeos, y su homogeneidad genética era mayor que la de los europeos, lo que acentúa el efecto de las epidemias.

A ello se añadió que, sin conciencia de epidemia, los indios tampoco aplicaban las prácticas de cuarentena y aislamiento de los europeos, con lo que las enfermedades se propagaban a gran velocidad. Y, en fin, los patógenos no solamente se contagiaban de los humanos, sino también de los animales domésticos que los conquistadores llevaban consigo.

SEGUNDA PARTE: HUESOS MUY ANTIGUOS

La segunda parte trata de los orígenes de los habitantes de América, y de cómo se formaron las civilizaciones que los europeos encontraron a su llegada. Los protagonistas, en este caso, no son los indios, sino los arqueólogos y antropólogos que, en Perú y en México sobre todo, llevan más de un siglo especulando, discutiendo y enfrentándose, sin haber conseguido llegar todavía a un consenso mínimo.

DIFERENCIAS ENTRE ESTUDIOSOS

Estas diferencias son tan virulentas que trascienden el ámbito académico y, quizás por eso, cada hipótesis y contrahipótesis, cada teoría y la polémica que la acompaña, o la interpretación dispar de cada nuevo yacimiento excavado, dan pábulo a todo tipo de charlatanes que aprovechan la circunstancia para llenar el mercado de best sellers que se asemejan, en sus argumentos, a las novelas de ciencia ficción.

Mann resume e ilustra "el progreso realizado en la compresión de la antigüedad, la diversidad, la complejidad y la sofisticación tecnológica de las sociedades indias". Sin caer en la tentación de dar por cierto lo que aún es dudoso, proporciona elementos clave para comprender que, a las cuatro civilizaciones que siempre hemos estudiado que conformaron el mundo que conocemos (la sumeria, la egipcia, la india y la china), habría que añadir la americana.

La resistencia a aceptarlo se debe probablemente al menor conocimiento que tenemos de ella; en parte a que nos ha sido ajena, en el sentido de que no se ha interrelacionado con la cultura europea como las otras; y en parte, a que era una civilización totalmente diferente. Por ejemplo, la agricultura no se desarrolló principalmente para la alimentación, sino también para el vestido: el cultivo fundamental del Pacífico era el algodón. La cultura del maíz contribuye a esa visión diferente, porque el maíz no era, como el trigo o el arroz, una planta que creciera en estado salvaje y que el hombre aprendiera a cultivar y mejorar. El maíz es una "creación" del propio humano y se cultivaba en pequeños campos acompañada de cultivos complementarios como las habas y las calabazas, proporcionando una visión completamente diferente a la que los habitantes del delta del Nilo podían tener de las enormes extensiones de tierra convertida en alimento.

Otra diferencia sustancial es que no son civilizaciones surgidas alrededor de grandes ríos, sino al borde del mar y en los pantanos, con todo lo que esto implica para la percepción del tiempo, de la tierra y de la vida. Esto explica también que, conociendo la rueda, la utilizaran para realizar juguetes y no la desarrollaran para el trabajo: en los pantanos las ruedas no son útiles, y sin animales de tiro, tampoco.

Así, sucesivamente, el autor va desgranando los elementos de unas civilizaciones fascinantes, tan ricas y diversas que consiguen abrumar a los propios arqueólogos. Y al lector, que no sale de su asombro al comprender el manejo de los tres calendarios que utilizaban en Mesoamérica o al situar allí el primer uso que se conoce del cero como concepto matemático.

TERCERA PARTE: PAISAJE CON FIGURAS

Una que vez que Mann ha desmontado, o al menos sembrado dudas, sobre el escaso número de pobladores de la América precolombina y sobre la pobreza de sus civilizaciones, en la tercera parte Mann discute el tercer lugar común: que los indios vivían en la naturaleza, pero no intervenían en ella. Lo hacían, y de tal forma que, en ocasiones, esta intervención es una de las causas fundamentales del declive o la desaparición de una determinada civilización.

TRANSFORMACIÓN DE LA NATURALEZA

En América del Norte, la idea de que los indios se limitaban a cazar los bisontes que vivían en las praderas es un espejismo. Los indios conservaban y creaban praderas mediante el fuego, realizando grandes quemas con las que generaban ciclos de destrucción de bosques y propiciaban, al mismo tiempo, su regeneración posterior. Actuaban como reguladores, como lo hace la propia naturaleza con los rayos o las erupciones volcánicas, pero también como diseñadores, dirigiendo el fuego y planificando las quemas en función de sus intereses y sus necesidades.

Además del fuego, realizaron obras de ingeniería hidráulica de las que se tiene certeza en los alrededores de San Luis, desviando ríos con consecuencias muy desfavorables a largo plazo, sobre todo porque estas obras se unieron a la deforestación y provocaron inundaciones y avalanchas que arruinaron las poblaciones. Resulta llamativo, como señala Mann, que esos mismos errores los sigamos cometiendo todavía.

Los mayas tampoco se privaron de intervenir sobre el territorio. Al contrario, una de las causas de la desaparición de la civilización maya en el sur del Yucatán parece ser que estriba en que su vida dependía de la irrigación y las canalizaciones gracias a las que mantenían los cultivos; un largo periodo de guerras hizo imposible mantener estas infraestructuras y la consecuencia fue una hambruna tal que las grandes ciudades desaparecieron.

Pero quizás la mayor transgresión de Mann está en su alineamiento con quienes defienden que la Amazonia tiene también mucho de paisaje artificial. Cuando Orellana descendió por primera vez el río, su expedición dejó constancia de grandes poblamientos en las riberas, con soldados acompañados de músicos que atacaban según el sonido de los instrumentos, con canoas, trajes, adornos y armas. Sus testimonios, entre los que incluían a las amazonas guerreras, no fueron tenidos en cuenta, y siglos después los científicos los refutaron claramente al elaborar la teoría de la "limitación ecológica", según la cual los escasos pobladores del Amazonas solamente podían practicar rudimentarias técnicas de quema y desbrozado en pequeñas parcelas que la selva cubría de nuevo al cabo de dos o tres cosechas.

LA LLEGADA DE LOS EUROPEOS

Esto excluía cualquier posibilidad de que hubieran existido civilizaciones amplias y perdurables. Mann defiende, por el contrario, que los pobladores que ahora conocemos son producto de una regresión ecológica provocada al huir de las zonas que habitaban tradicionalmente ante la presencia de los colonizadores y sus enfermedades.

Los indicios en que se apoya son los restos arqueológicos y el análisis de las tierras y los árboles, que demuestran que los indios habían desarrollado técnicas de plantación de frutales que contenían el avance de la jungla y eran capaces de enriquecer los suelos fabricando la llamada terra preta, una especie de carbón vegetal. En su opinión, el prejuicio generalizado ante la deforestación nos está impidiendo reconocer las vías originales mediante las que las culturas ancestrales actuaron sobre la naturaleza sin destruir por eso la riqueza amazónica. Al contrario, generaron una diversidad que permitía al ser humano vivir en ese entorno.

La llegada de los europeos tuvo, a corto plazo, dos efectos simultáneos sobre el ecosistema en términos biológicos: la práctica desaparición de los indios, "especie clave" para la regulación de la naturaleza, y la importación de especies hasta entonces desconocidas en el continente.

Algunas de estas especies no se adaptaron, pero otras lo hicieron con tal ímpetu que transformaron por completo el ecosistema. En realidad, eso es lo que ha ido pasando en todo el planeta a lo largo de los siglos. Lo que sucede hoy día es que cada vez más seres humanos se espantan de la destrucción que han generado. Y, al mismo tiempo, esos seres humanos son precisamente los que viven en Londres, París o Nueva York, o incluso en Brasilia o Sao Paulo, igualmente alejados de esos otros humanos que conviven con la naturaleza y la necesitan para vivir.

CONCLUSIÓN

La conclusión que Mann extrae es que "si hay una lección que tener muy en cuenta es que, si queremos pensar como los habitantes originales de estas tierras, no debemos poner nuestras miras en reconstruir un entorno del pasado, sino en concentrarnos en dar forma a un mundo en el que sea posible habitar en el futuro"

17 Octubre 2011

Hay cosas que son, ni modo, inapelablemente ciertas. Una de ellas es que Morazán era nacido en Honduras, presidente de Centro América, la República Federal, muerto en Costa Rica y enterrado en San Salvador. A él le dedicó el Presidente Salvadoreño (la república Liberal) Zaldívar la plaza homónima  en marzo de 1882.

En esta Plaza conocí yo a Quintana en 1970, Oscar Quintana, santaneco, del FAS, taxista y chero de mi papito. Quintana tenía una retahíla de cheros taxistas todos: Manganeso (Alfredo Modenessi, también

santaneco), Paquín (Oscar Rodríguez, el papá de Jaime, la Chelona. Jaime jugaba entonces en el Pipiles del Viejo Piche, de vez en cuando nos encontrabamos en el parque infantil, en la canchita polvosa), y Julio Marica, Bustillo era su apellido, cuya esposa era mas grande que él.

Quintana, igual que cada uno de los citados tiene un apartado para ser contado, este tipo era un jugador de naipe incansable y un borracho hasta caer dormido. La última vez que ví a Quintana lo observé y me pareció un viejo, claro, cada uno de nosotros pasa - pasará por eso.

La Plaza Morazán tenía en el frente de una de las esquinas, por un lado, el Bar Atlacatl, a la par de una venta de refrescos y dulces. Hoy ahí existe una venta de zapatos ADOC. Por el otro lado, esa misma esquina tenía el famosisímo Lutecia, el bar al que entré por primera vez cuando tenía quince años y

en donde existía, ya entonces, la leyenda de que Roque había dejado un poema escrito en uno de sus servicios sanitarios. A Roque no lo habían asesinado aún. Acababan de montar un Mc Donald´s en la esquina opuesta del Teatro Nacional.

En un pasaje todavía hoy existente estaba un almacén de ropa para novias, Victoria creo que se llamaba, estaba también el Bar Nacional, la Farmacia Principal y a la par, el visitable sin excusas, Sorbelandia con sus vacas negras y bananas splits.

Por las noches, la Plaza Morazán se vestía de bohemia y la Tonita vendía carne asada con tortillas tostadas, casamiento, crema, choricitos, cebollitas curtidas y las mesas puestas en la acera. A la par, en la calle todos los taxistas de los que hablo, con sus vehículos, esperando que los noctambulos se decidieran a ir en taxi a su casa.

Francisco Morazán me miraba desde su estatua, yo le devolvía la mirada y me entusiasmaba mucho toda su historia, que me era contada en retazos por mi papa.

14 Octubre 2011

Ya se me había encomendado en el sitio donde yo trabajaba, "El domingo debes recoger a tres gringos que quieren ir a ver algunas comunidades". Como no, claro, yo siempre de atareado, trabajando también en domingo.  - Esta bien, ¿me recogen en casa?

- Si, René va a tener un microbus y pasan por tu casa

- ¿A qué hora?

- A las 7 de la mañana

- Esta perfecto, así me puedo levantar temprano, es muy sano hacerlo y mas si es domingo, no debe uno desarrollar la costumbre de descansar tanto.

- ¿Estamos?

-  Estamos

Así que, ese día domingo, pues sería un día bonito. Andar mostrando las comunidades a tres gringos, que chulo, como si uno no trabajara. El indicado era yo, que hablaba un inglés menos pateado que el de ahora, o al menos me hacía entender. El año era 1983 y el mes, creo que fácilmente noviembre. Domingo por la mañana y yo, despierto desde muy temprano, y corriendo para no hacer esperar al motorista. Salí de casa y ví el micro blanco, saludé a René y a los tres gringos, en español, un poco por molestar, otro poco por huevonería.

- Hola, buenos días!!

- Hi, good morning, I´m Paul

- Nice to see you, I´m Julio and I´ll be your guide today in the poorest neighborhood in the city

- Hi, I´m Mary (Los ojos se me abrieron, esta era una gringa grande, de una sonrisa hermosa y de una luz que le emanaba de todo su cuerpo, una belleza cuarentona, rubia como ella sola y parecía que cantaba cuando hablaba)

- I´m Peter, thank you.

Seguimos dirigiéndonos a El Conacaste en Mejicanos y yo explicando sobre el origen de la comunidad, los procesos de ayuda mutua, la organización de la comunidad, llamando a los dirigentes comunales y traduciendo a ambos para su mejor comprensión. Luego, seguimos hacia El Pepeto

en Soyapango donde caminamos por los pasajes de la comunidad construida con el esfuerzo de cada miembro de la familia. Posteriormente, para finalizar la mañana, nos fuimos a San José del Pino en Santa Tecla, la misma historia. Comimos en el vehículo después de sacar algunos sandwichs.

Mary sacó de su bolso un cassette y me pidió sonarlo en la "casettera" del micro, miré los nombres y había una canción que me gustaba mucho, de John Denver, Leaving on a Jet Plane, así que pusimos el cassette y la música empezó a sonar. Mary cantaba cada canción, creo que el album se llamaba Such is Love y Mary cantó la canción Music Speak Louder than Words, mientras yo miraba elcassette, y dí vuelta a la portada, ahí estaban tres gringos, Peter, Paul and Mary en la portada de la cinta y dentro del micro, comiendo sandwiches conmigo, con Rene y con su cinta sonando.

-  Are you the musicians in this tape?

- Yes.

Me comentaron como su trabajo les había llevado a hacer de la música un arma para la paz, de sus viajes a Nicaragua y de su activismo en pro de los derechos humanos.

Al día siguiente, Peter, Paul and Mary dieron un concierto en Mariona, los periódicos no dijeron nada, el concierto era dirigido a los presos políticos, y la música era acorde. If I had a Hammer era parte del repertorio. Mary lloró cuando cantó Blowing in the wind: "How many years can a people exist, before they’re allowed to be free?"

Cualquiera. Aun hoy, esta historia no es conocida, o mas bien, apenas conocida por algunos, quizá..

12 Octubre 2011

Eso debió haber sido en el año 2004, creo. Lo recuerdo mas o menos bien, había en San Salvador un pleito entre policías municipales y vendedores de la calle, y mi memoria se pone mejor porque ví las noticias en el aeropuerto Mariscal Sucre, un muerto entre los vendedores y un policía del CAM, apresado. Conocí a este policía unas pocas semanas después y como el mismo decía, "quién sabe si fue mi arma, la de otro o las balas que ellos nos tiraban".

El hecho es que haciendo un trabajo de investigación por el que estaban pagando quien sabe cuanto y que a mí me pagaban apenas mi salario mensual, tuve que ir al Ecuador y desarrollar esa investigación en Santo Domingo de Los Colorados, Latacunga y Ambato y  (jugué basketball una noche en el parque de la ciudad de Los Colorados, unos indígenas que se pintan el pelo con achiote), y después, como si fuera ecuatoriano, me subía al autobús para seguir hacia Latacunga, Tres camisetas, dos jeans, un par de tennis y dos sueteres, una laptop  hp ze 5000, y una cámara. Eso cuando aun no había wireless tan difundido como ahora.

Ahi iba yo para Latacunga, saliendo a eso de las 5 y media de la mañana desde Los Colorados, y una hora mas tarde estaba en Aloag, bajándome del autobus en medio del Ecuador sin conocer a nadie ni nada. Creo que unos sucres en la bolsa, y algunos dólares, mi mochila y mi maquinita, con frío.

Esperé y esperé hasta que bajó el bus de Quito que debía tomar, me subí, pagué con el pistío, y busque donde sentarme. Es seguro que era un extraño para la gente que iba en el bus, todos eran mas o menos pequeños, con sombrerito negro, con trenzas y las mujeres medio chapuditas. Yo, un tanto mas alto, con un sueter puesto donde nadie usaba sueter y me fije en eso, los pies de las mujeres eran muy chiquitos.

Me senté como pude,  a la par de un señor, y saqué un libro para leer. El señor me miraba mientras yo sonreía y el me mostraba su fila de dientes en donde de cada dos faltaba uno.

A mí me faltaban como noventa kilometros para llegar a mi destino, Latacunga.

Me dejaba guiar por lo mismo de siempre que estoy fuera, por un mapa.

Me admiraba mirando a la gente mientras hacía de cuentas que leía. Creo que alguno o mas de alguno también se divertía conmigo, extraño en ese autobús. Menos mal que no tenía que hablar.

Una vez había llegado a Chasqui, volteo a ver a mi izquierda y me encuentro con una mole coronada de blanco. recordé que unos días antes lo había visto desde el Panecillo en Quito y había preguntado si eso era nieve, y ya me lo habían dicho, el Cotopaxi es nevado.

No pude evitar hacer comparaciones, pensé en mi volcán, el Quetzaltepeq o San Salvador y me dió pena de pensarlo tan chiquito, mientras miraba a este gigante de casi 6,000 metros. Ese día lo valoré: "Yo, con este mi corazón no debo subir a ese volcán, pero sería lindo".

Asi me quede mirandole durante diez minutos, mientras el bus se alejaba y yo, casi llegando a Tanicuchi, me daba cuenta que pronto estaría en Latacunga, el lugar donde por vez primera probé las Salchipapas y el jugo del Aloe, una mierda de sabor y de textura, una ligazón que baja por el pescuezo y se siente horrible, pero, una gran cosa para la salud, en particular para el corazón.

Unos días mas tarde, mi sueño de subir el Cotopaxi se haría verdad.

27 Julio 2011

El Bachiller Presbítero Domingo Juarros es y no es conocido.

Mientras muchos historiadores salvadoreños se aferran a él en varios aspectos descriptivos de la epoca colonial, otras personas no tienen ni la mas mínima idea de quien era el cronista, monografo y descriptor de su época. Juarros nació en 1752 en Antigua Guatemala en 1752 (3 de agosto de 1753 según un documento de la AFEHC) y falleció en 1821 en Guatemala de la Asunción, con 68 años encima, y está sepultado en las bóvedas de la Iglesia Catedral.  Juarros es, desde luego, más conocido en Guatemala que acá, por razones obvias.

Su obra tampoco ha tenido muchísima difusión, su obra es un libro raro de encontrar, excepto en algunas bibliotecas especializadas. Su trabajo es limpio, ordenado, claro y sencillo. Sin quitar mérito, la AFEHC también dice que era de clase muy acomodada y sin preocupaciones económicas, así la vida es más fácil. Quiero decir, escribir en esas gloriosas condiciones es la gloria (no como lo hago yo, robando tiempo al sueño y a mis hijas).

Su trabajo fue publicado en 1805 primero, y luego en 1937, y luego, lo que yo tengo que es de 1981... no sé si hay otra edición. También hay una de 1937, en inglés.

Una parte del texto de Juarros me llama mucho la atención:

" La quinta provincia es la de San Salvador o Cuscatlán, que quiere decir en lengua del país tierra de preseas: Conquistola Don Pedro de Alvarado año de 1525, y habiéndose sublevado sus caziques, los sojusgó el mismo Adelantado el año siguiente a su regreso de Honduras y porque la última victoria, que acabó de sujetar esta comarca se alcanzó el 6 de agosto, día en que se celebra la Iglecia de la Transfiguracion del Señor, la Ciudad principal de ella se intituló San Salvador. Y por la misma razón, en tal día se sacaba el Real Pendón todos los años en la expresada ciudad, con la pompa y acompañamiento que se estila en muchos lugares de América; llevando en triunfo la espada del citado Don Pedro de Alvarado, que se guarda cuidadosamente en el pueblo de Mexicanos: esta augusta ceremonia se ha trasladado a la pasqua de navidad en atención a que dicho día 6 de agosto es tiempo de aguas, y en que están ausentes de la Ciudad los principales de su vecindario" (sic).

De este pequeño texto, se pueden obtener algunas reflexiones:

1o. Que pena que aun no tenemos los nombres de los caciques de Cuscatlán, excepto el de uno mencionado por el mismo Juarros, llamado Tutecotzimit, del que nadie se acuerda. ¿Extraño? No, en este país, nada es extraño.

2o. ¿Donde esta la dichosa espada de Pedro de Alvarado? Eso me suena a cuento de camino real. Lo mas seguro es que Alvarado haya andado llevando su espada hasta el día de su muerte, que como sabemos, fue un descalabro en un enfrentamiento en México, donde se lo pasó llevando un caballo en una huida de unos guerreros bravíos.

3o. ¿Adonde se iban los "principales"  de la ciudad mientras llovía? Ni idea. ¿Iban a algún lugar donde no llovía? Imposible.

29 Junio 2011

—Lo siento, mano. No sé cómo decírtelo. Realmente no sé cómo hacerlo...

Pero tengo que informarte que apareció el carro en que viajaban los diputados de tu país. De verdad, mano, lo siento. El carro está incinerado y hay cuatro cuerpos quemados, —le dijo Sperisen a Ávila.

El jefe de la Policía de El Salvador miró, por los cristales de su oficina, la gigantesca Embajada de Estados Unidos en San Salvador, localizada en el exclusivo barrio de Santa Elena. Cuando escuchó aquello, su rostro se tornó sombrío. Desde varias horas atrás estaba animado de un puntilloso, aunque muy lógico, deseo de saber algo de los diputados desaparecidos, pero esta noticia no era, precisamente, lo que quería escuchar.

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Cuando los salvadoreños llegaron ahí, la escena era dantesca, monstruosa. Sobre todo cuando se miraban los cuerpos calcinados. Dos de las víctimas se encontraban cerca del vehículo. Otros dos se encontraban dentro, aunque no estaban totalmente quemados.

El lugar estaba repleto de periodistas y autoridades que levantaban, con la ayuda de luces especiales, los indicios más importantes de todo lo que había acontecido en ese lugar. Los funcionarios salvadoreños debieron hacer esfuerzos para no mostrar el horror que les causaba todo aquello. El diputado Roberto d’Aubuisson prefirió quedarse atrás, lejos de las miradas de los periodistas que caminaban por el lugar a trompicones. Aunque casi todos esperaban el desenlace de los resultados de los médicos forenses sobre las identidades de los muertos, los susurros eran de espanto. Había una fuerte excitación en el lugar, aunque en Guatemala la violencia vuelve habitual lo inverosímil.

Los asesinos escogieron el sitio perfecto para eliminar a las cuatro personas. La vivienda más cercana está a un kilómetro. Se trata de una calle desolada que está rodeada por cafetales. Distantes se miran algunos pastizales y se observa, a los lejos, los vehículos que recorren la carretera Panamericana en Guatemala. Lo más cercano es la aldea El Jocotillo, que está localizada a varios cientos de metros.

Cuando médicos forenses guatemaltecos, peritos en la escena del crimen, especialistas en explosivos e incendios, químico-biólogos del Ministerio Público de Guatemala y otros trataban de hacer su trabajo, Rodrigo Ávila, el jefe de la Policía salvadoreña, caminó, cuidadosamente, por el lugar. Sabía que no podía intervenir en el lugar por problemas técnicos forenses. Además, aquella no era su jurisdicción. Pero es un hombre que sabe interpretar la escena del crimen.

En medio de la nube de especialistas y periodistas, Rodrigo Ávila miró un casquillo de bala. Como pudo se agachó sin provocar sospechas, tomó aquella vainilla y la introdujo en su bolsillo, discretamente. Poco después aparecerían ocho vainillas más.

Era un casquillo de bala calibre 7.62 que se utilizan en los fusiles AK-47, Kaláshnikov. Ávila se apartó un poco del lugar y con una lámpara examinó, cuidadosamente, las características de la vainilla.

Lo que miró en ella llamó su atención. Ávila sabía que, tres meses antes, la Policía guatemalteca había comprado armas y municiones soviéticas. También recordó que, varias semanas atrás, el subjefe de la Policía guatemalteca, Javier Estanislao Figueroa Díaz, le había regalado una caja pequeña de municiones para AK-47, durante un encuentro que sostuvieron ambos.

Esa pequeña caja la guardaba Ávila en su casa. Entonces se escabulló, tomó el teléfono celular, procuró que nadie lo escuchara y llamó a Celina, su esposa, a San Salvador, y le dijo que por favor buscara en un clóset una caja de balas, color café, que le había obsequiado Figueroa. Ávila estaba ansioso. La mujer le respondía que no encontraba la caja de balas. Él la apuraba y también guiaba desde el teléfono.

Cuando Celina le dijo que ya le tenía consigo, entonces Ávila le dijo que sacara una bala y le leyera lo impreso en la base.

—WRS 98 y al otro lado se imprimió Wolf—, le mencionó Celina.

—Gracias, después te explico, —le respondió Rodrigo y cortó la llamada telefónica. «¡Bingo!», dijo. Sabía que el hallazgo era la primera gran pieza para descifrar el enorme rompecabezas.

Ávila siguió hurgando en el terreno. También trataba de examinar que los médicos forenses guatemaltecos hicieran bien su trabajo. Poco después, José Luis Tobar, el subjefe de la Policía salvadoreña, se le acercó y le dijo: «Jefe, yo creo que son policías quienes los mataron».

—Yo también y después te diré por qué, –replicó Ávila, mientras se frotaba el bolsillo para cerciorarse de que la vainilla de la bala siguiera ahí.

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Crimen de estado es un libro impresionante, uno no quiere soltar este libro por todas las verdades no dichas que aparecen en el mismo en torno al asesinato de los diputados en Guatemala en febrero de 2007. El libro ha sido presentado hoy, en una sesión "cerrada" con casi trescientos estudiantes de la UTEC. Ahí estuvimos con Lafitte Fernández y Carlos Clará de AURA Editores, para dar a conocer el mismo ante el público académico.

7 Marzo 2011

Desde luego, la carta es un timo, no existe, nunca existió. Sin embargo, su contenido es muy interesante, asi que, compartiendo la carta de Guaicaipuro (pueblo indigena Teques y Caracas de la actual Venezuela) Cuauhtemoc (último Tlatoani Mexica de Tenochtitlán), para su deleite (o enojo, quien quita).

Señores:

Aquí pues yo, Guaicaipuro Cuatémoc, he venido a encontrar a los que celebran el encuentro. Aquí pues yo, descendiente de los que poblaron la América hace cuarenta mil años, he venido a encontrar a los que se encontraron hace quinientos años.

Aquí pues nos encontramos todos. Sabemos lo que somos, y es bastante. Nunca tendremos otra cosa. El hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder descubrir a los que me descubrieron. El hermano usurero europeo me pide pago de una deuda contraída por Judas, a quien nunca autoricé a venderme. El hermano leguleyo europeo me explica que toda deuda se paga con intereses, aunque sea vendiendo seres humanos y países enteros, sin pedirles consentimiento. Yo los voy descubriendo.

También yo puedo reclamar pagos, también puedo reclamar intereses.

Consta en el Archivo de Indias. Papel sobre papel, recibo sobre recibo, firma sobre firma, que solamente entre el año 1503 y 1660 llegaron a Sanlúcar de Barrameda 185 mil Kg. de oro y 16 millones Kg. de plata provenientes de América. ¿Saqueo? ¡No lo creyera yo! Porque sería pensar que los hermanos cristianos faltaron al Séptimo Mandamiento. ¿Expoliación? ¡Guárdeme Tanatzin de figurarme que los europeos, como Caín, matan y niegan la sangre del hermano! ¿Genocidio? ¡Eso sería dar crédito a calumniadores como Bartolomé de las Casas, que califican al encuentro de 'destrucción de las Indias', o a ultrosos como Arturo Uslar Pietri, que afirma que el arranque del capitalismo y la actual civilización europea se deben a la inundación de metales preciosos. ¡No! Esos 185 mil Kg. de oro y 16 millones Kg. de plata deben ser considerados como el primero de muchos préstamos amigables de América destinados al desarrollo de Europa. Lo contrario sería presumir la existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir su devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios.

Yo, Guaicaipuro Cuatémoc, prefiero creer en la menos ofensiva de las hipótesis. Tan fabulosas exportaciones de capital no fueron más que el inicio de un plan Marshall-tezuma, para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos musulmanes, creadores del álgebra, la poligamia, el baño cotidiano y otros logros superiores de la civilización. Por eso, al celebrar el Quinto Centenario del Empréstito, podremos preguntarnos: ¿Han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable o, por lo menos, productivo de los recursos tan generosamente adelantados por el Fondo Indoamericano Internacional? Deploramos decir que no.

En lo estratégico, lo dilapidaron en las 'batallas de Lepanto', en 'armadas invencibles', en 'terceros reichs' y otras formas de exterminio mutuo, sin otro destino que terminar ocupados por las tropas gringas de la OTAN, como Panamá pero sin canal.

En lo financiero, han sido incapaces, después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar el capital y sus intereses cuanto de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta el Tercer Mundo. Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman, conforme a la cual una economía subsidiada jamás puede funcionar. Y nos obliga a reclamarles, por su propio bien, el pago del capital y los intereses que, tan generosamente, hemos demorado todos estos siglos.

Al decir esto aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarles a los hermanos europeos las viles y sanguinarias tasas flotantes de 20%, y hasta 30%, que los hermanos europeos le cobran a los pueblos del Tercer Mundo. Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos adelantados, más el módico interés fijo de 10% anual, acumulado sólo durante los últimos 300 años.

Sobre esta base, y aplicando la fórmula europea del interés compuesto, informamos a los descubridores que nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de 180 mil Kg. de oro y 16 millones Kg. de plata, ambas elevadas a la potencia de 300. Es decir, un número para cuya expresión total, serían necesarias más de 300 cifras, y que supera ampliamente el peso total de la Tierra. ¡Muy pesadas son esas moles de oro y plata!

¿Cuánto pesarían, calculadas en sangre?

Aducir que Europa, en medio milenio, no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar ese módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo.

Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan a los indoamericanos. Pero sí exigimos en forma inmediata la firma de una 'carta de intención' que discipline a los pueblos deudores del Viejo Continente; y que los obligue a cumplir su compromiso mediante una pronta privatización o reconversión de Europa, que les permita entregárnosla entera, como primer pago de la deuda histórica. Dicen los pesimistas del Viejo Mundo que su civilización está en una bancarrota tal que les impide cumplir con sus compromisos financieros o morales. En tal caso, nos contentaríamos con que nos pagaran entregándonos la bala con la que mataron al Poeta.

Pero no podrán.

Porque esa bala es el corazón de Europa.

 

7 Febrero 2011

Hartman, en 1899, explica como se relaciona culturalmente el pueblo pipil de Nahuizalco (al que el llama aztecas de El Salvador) con los aztecas de México. En el texto de Hartman "Estudiando a Los Izalcos", menciona que Diego de Palacios visitó nuestra región por encargo del Rey de España en 1576, y describe "como los aztecas del lugar tenían las mismas creencias que los de México"; y sigue adelante: "Tenian unos  ídolos de piedra grandes y realizaban sacrificios arrancándoles a las víctimas el corazón y sosteniéndolo hacia el sol.

La sangre se dejaba caer en cuatro puntos cardinales". Hartman parece inverosímil en este parte del texto. ¿Sacrificios humanos en Nahuizalco?

Schultze Jena, en sus Mitos y Leyendas de los pipiles de Izalco, publicado en 1934 en Alemania y luego en 1977 en El Salvador, por una editorial Santaneca (Ediciones Cuscatlán, con copyright) describe el asunto de "los sacrificios humanos al sol", en donde describe que los viejos, los antepasados tenían una serpiente que hacían cantar cuando tenía hambre.

Narra como "por un camino llevan a un niño y le dicen que se siente sobre una piedra, allí lo sacrifican. Su sangre la hacen salpicar al Dios, nuestro padre que tienen dentro del templo.

La mitad del cuerpo se lo llevan como regalo al sacerdote, al que reconocían como el más viejo (¿para comerlo?, ¿para enterralo?, ¿para quemarlo?). La otra mitad, la retiran y la entierran, para que otros no lleguen a sacarla" ¿Por qué la van a sacar?, ¿para enterrarlo?, ¿para quemarlo?, ¿para comerlo?.

Si uno se detiene un poco en Casa Blanca, Chalchuapa, encontrará piedras altares de sacrificio quizá de animales, o... ¿de humanos? La cercanía de estos pokomames de chalchuapa con los izalcos puede hacer suponer lo segundo, pero sus diferencias culturales, haría suponer lo primero.

No hay pruebas, evidencias de que los pipiles, los izalcos hayan efectuado sacrificios humanos, pero eso no sería extraño, dada la herencia cultural mejicana. Juarros dice que no, que acá no se practicaba el sacrificio humano. ¿En que se basa Juarros? Seguramente en la historia que le contaron los mismos pipiles, y que quizá no se la contaron completa.

La herencia cultural de los pipiles también era una herencia religiosa y se veneraba al Xipe Totec, de la mitología azteca, al que conocemos con el nombre del Señor Desollado. Este Xipe tenía un culto, el sacrificio de víctimas, generalmenmte esclavos, los que se dedicaban al Dios. El sacerdote se vestía, literalmente con la piel del sacrificado, como una manera de expresar simbolicamente la nueva piel.

¿Sacrificios humanos en nuestra región? Quizá. Ya a los Chorotegas, habitantes del golfo parece que les gustaba la carne humana, no como sacrificio, si no como gusto particular por su sabor.


Sobre Martínez el Julio

Vago de noche, ocupado de día, ideario prágmatico teórico, aprendiz de profesor, pastero, frutariano, sopero, caminante descarriado, izquierdista desideologizado, articulado urico, sistole gigante, miope presbicico, vicioso del lápiz, historico olvidadizo, ensombrecido paterno, malevolo en sueños, triste bucolico, perfeccionista a medias, huérfano irremediable, insomne dormilón, cárismatico antipatico. Nada se parece mas a un buen amigo que spot, mi perro. El más cariñoso del mundo. El mas tolerante. Es feo, necio, torpe y terco. Me saca de quicio su terquedad, aun así, lo quiero.

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Julio Martinez

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